Me quedaron las manos ásperas, pequeños focos de remolinos, tierra levantada, mientras me invadía un estado de hiper kinesia. De un lado a otro, desordenando y ordenando, mientras mis pies no tocaban el suelo duro, sino montículos de hojas, una capa tras otra de papel.
Una vez al año, o cada dos años, emprendo la misma tarea, es que tengo un umbral bastante alto de tolerancia aunque no lo parezca. Porque todas las expresiones de descontento y hartazgo quedan en eso, en meras palabras, es como si todavía predominara sobre mi la premisa de poner la otra mejilla, la cultura del aguante, en las malas mucho más. Mucha cancha, mucha lucha, mucha miseria. Es que cuando naces en contextos ajustados sos envuelto en un manto de enunciados que buscan racionalizar el malestar, la disconformidad, la incomodidad, como si por el solo hecho de bañarla de otro sentido el dolor se redujera. Y es así como, al menos a mi, me quedo impreso el carácter judéo-cristiano, o mejor dicho, el carácter tercermundista marginal de continuar, de andar arrastras, de volverse lento pero constante.
Y cuando hablo de lentitudes no sé por qué me viene a la mente un cuento muy repetido durante mi infancia, el de la tortuga y la liebre, que a mi no me satisfacía, sino que siempre me dio mucha tristeza. Era la época del VHS y como hija de familia obrera, mis papas trabajaban la mayor parte del tiempo, no pasábamos la tarde juntos, no me ayudaban con las tareas, y a mi no me quedaba mas compañia que mi VHS con cuentos animados. Y a pesar de ser cuentos infantiles, eran muy duros, tenían una estética más realista. Se veía entre los trazos de la animación cada intención gestual, las miradas perversas, las arrugas, el cansancio. Se supone que el empleo de animales reduce el impacto de las situaciones que se cuentan, de los conflictos del relato, no volver problemática ni desestructurante una narración. Buen intento. Conmigo nunca funcionó. Nunca pude identificarme del todo con "los buenos", me quedaba pensando qué sucedía con "el malo" una vez que finaliza el cuento, qué sería del lobo feroz después de huir hambriento y lastimado, qué pasó con la liebre derrotada en la única categoría que le valía reconocimiento, qué fue de la mamá pato luego de ser reprendida por papá pato cuando nació un cisne del huevo que incubaba. Sisi, neurosis en la infancia. Siempre me interesé por ir más allá aunque no tenía los recursos para soportarlo. Siempre alimente, con o sin intención, la curiosidad, la ambición, porque todas esas historias, todo ese romance del que te cubre la marginalidad (y aclaro, no solo desde lo económico, sino desde lo social-vincular) te alienta a buscar, pero sin dotarte de herramientas, sin armamento. Y más o menos por un tiempo lo pude sobrellevar, pude arrimarme a lo deseable, a lo esperable, e incluso superarlo, aunque atiéndase que superar expectativas dentro del circuito marginal no es muy difícil si se mira desde otros sitios en el espectro.
Pero hace un tiempo que todo eso dejo de funcionar. Y puedo ubicar una fecha exacta, puedo ubicar este como el momento donde se cortan todos esos relatos. Donde me acepte, me humanicé, y con el don de humanidad viene intrínseca la fé de errata. Porque anteriormente era el azar, eran los otros, los que se atravesaban en mi camino, y no lo enuncio como algo táctico para quitarme responsabilidades, es que yo lo sentía así. Tenia el camino muy definido, los pasos contados, y mis acciones se lineaban con ello. Porque iba camino hacia un lugar, sin titubeos, sin vacilaciones ni interrupciones. Autómata, inconmovible, en linea recta, quien quisiera acompañarme era bienvenido, el resto era estorbo. Y así funcioné por años, porque "toda la vida" me parece una expresión muy vaga y falaz. Los malestares provenían del exterior, una pelea, una desilusión, una decepción, o el hartazgo que me generan de por sí los vericuetos de las relaciones humanas.
Cuando me volví humana, cuando acepte todo eso que las conductas automatizadas intentaban desterrar de mí, cuando dejé de llorar una vez por semana sin saber por qué, cuando deje de tener pesadillas por semanas, cuando me bajé del pedestal, me volví común. Vi todo lo que faltaba, vi todos los agujeros que no puedo llenar. El sendero comenzó a ondearse, se volvió sinuoso, inestable, se pobló de huecos, y me toco caer. Y me vi frente a frente con los relatos, con los enunciados sobrecompensadores, me sentí mas pequeña que nunca, e indefensa.
Y acá me encuentro, en cada crujido de los papeles que rompo siento cómo se me fueron los años. Cómo contribuí a ocupar un lugar, un estado, al que no llegue ni sé si podré alcanzar. Pensando en todo lo que no miré por tener la vista fija en una meta inexistente, por tener como mandato a lo inalcanzable, por tomar como verdad una racionalización parcial. Continúo, indecisa, sin saber cómo seguir, caminando sobre arenas movedizas. Estoy al final de mi propio cuento, sin saber qué sigue después del punto final.