lunes, 29 de noviembre de 2021

Iron (wo)Man

 Estoy en medio de una corriente, haciendo una prueba en realidad. Aunque no es algo deliberado ni voluntario, sino que de algún modo azaroso, de repente mis censuras comenzaron a ceder, y las barricadas se debilitaron lentamente, como si un campo de fuerza que me mantenía cautiva hubiera desaparecido, y en un abrir y cerrar de ojos el paradigma cambiara. Claramente no fue todo tan repentino, no fue magia, pero así se sintió básicamente porque no lo previne de modo alguno. Intención no es posibilidad, y si bien siempre he guardado cierta admiración por las personas espontáneas, o despreocupadas, en realidad, desestructuradas, nunca creí que fuera una virtud que pudiera llegar a albergar. 

Ello no implica que me haya deshecho completamente de los temores o los prejuicios, que no rodean tanto a los otros sino al modo en que yo sospecho que me ven, al modo en que creo que me juzgan, a la imagen que proyecto, que cargada de buenas intenciones, igualmente siempre fue defensiva, hostil, agresiva, como si portara una verdad en mi letra, como si mi palabra fuera ley.  No soy tan importante ni tan llamativa ni tan excepcional para que todos y cada uno de los otros que me cruce se fijen específicamente en mí, ni en mis miserias, ni en mis vergüenzas, no todos tienen una idea sobre cada asunto y cada ser que habita con nosotros en este ínfimo punto del universo, en este instante evanescente de existencia. No vale la pena, ni el trauma, ni la sangre ni las lagrimas algo tan fuera de mi alcance. Aún temo ser rechazada, desplazada, desatada, silenciada del discurso, pero un día me levanté y acepté que ese miedo iba a coexistir conmigo, es parte inherente de mi estructura, materia prima de mi fantasma, y que no hay otra cosa que hacer con él que controlarlo, contextualizarlo, atarlo a las circunstancias, y asumir que no tengo control (y jamás lo tendré) sobre las ideas y reacciones de otros, que los otros son independientes de mí y de las coordenadas subjetivas que me sostienen en la palabra. Que son ajenos, externos, extranjeros, son otros, no son yo, y como yo estan atravesados por sus propios fantasmas, por sus propios miedos, e incluso sus propios intereses.  

Será por eso que estos últimos días lloré tanto, sufrí, me oscurecí y un poco me marchité. Me vi de frente con el (mal) trabajo de mi vida, el gran esfuerzo que invertí todos estos años para construir estos fuertes, para levantar estos muros, dejando conmigo a un grupo selecto, a quienes yo creí que debian ser incondicionales y a quienes yo les juré, como un pacto de sangre, mi lealtad eterna. Y no hablo de mi decepción romántica únicamente. Estos últimos días más que antes me dí cuenta que tengo una forma de amar que se asemeja al sostén, yo no quiero a otro somo par, lo quiero como dependiente de mí, los acuno, los abrigo, los pongo sobre mi pecho y proyecto una imagen de completud que me hace sentir perfecta, impoluta, incorruptible, y soy vista entera, sin fisuras, inquebrantable, incorruptible, en un pedestal. Aprendí a odiar ese epíteto, y creo que nunca pude conceptualizar bien el por qué. Estar blindada me hacia irrompible, pero fría, sombría, inmóvil, inhumana. 

Saber no es curar. Es una frase que repetí hasta el hartazgo en los últimos meses, y es tan obvia, tan simple, pero cada vez tiene más significado, y se torna un símbolo, un hito. Porque nada carga tanto sentido como cuando se experimenta en el cuerpo, cuando la carne sucumbe, cuando se escribe con sangre el pasado para resignificarse en el futuro. Y si bien la prosa lacaniana nunca pasa desapercibida, ahora es cuando surte efecto. Intelectualización pero ya no únicamente como defensa, sino como herramienta empleada a mi favor. No más como barrera, sino como condición de correlación, de ida y vuelta entre los hilos lógicos, como andamiaje para la construcción. Es que eso soy ahora, una obra en construcción, pero ya no de muros, barricadas y fuertes, sino de estructuras abiertas, con ventanas y puertas que se abran a los otros, no para acunar ni anidar, sino para vincular. Para ser sujetos $, para estar fragmentados, pero juntos.  

lunes, 22 de noviembre de 2021

(Des) Quitar

 Siento que necesito cantar, fuerte y alto, y conmoverme, y sacar a pasear por mis mejillas lágrimas desgarradas, penas ahogadas, euforia desenfrenada. Pero, a la vez, busco espacios seguros, camuflar los gritos en las notas altas de una canción, fingir interpretar en lugar de descargar. Aún así, me calzo los auriculares para no escucharme, para no sentir como se me quiebra la voz, para no oír cómo el aire se mezcla con la desazón y se esconden los nudos, cómo la letra se mezcla con ideas que se fugan de mi consciencia intentando nombrar lo no dicho. 

Tal vez por eso quiero salir, quiero moverme, quiero hablar con otros, porque parte de mi esta llegando al límite del hartazgo, porque no hay mucho más que decir, ya no hay nada nuevo que expresar. Y aunque lo hubiera, ya no son mis palabras, ni mis sensaciones, porque yo me conozco y sé muy bien qué hice y por qué lo hice, no hubo nunca azar en mis acciones, aunque en todas y cada una de las ocasiones se trató de saltos al vacío, de pasos a ciegas, de actos suicidas, hasta la más desprendida de la vida se cansa de encontrar siempre el suelo. Y creo que es esa la fuente de mi falta de inspiración, porque ninguna estrofa refleja mi hartazgo, porque todas las canciones cuentan un estado de desasosiego del que me quiero desprender, que quiero duelar y enterrar. Porque eso es parte de lo que fui, un cuerpo cooptado por el conflicto, de un amor belicoso que solo conocía de campos de batalla y estrategias de negociación, de tratados de paz y alianzas jurisdiccionales. Ya no quiero tender treguas, ya no quiero ceder territorios, ya no quiero marcar fronteras. 

Es la primera vez que, aunque me proyecto en el futuro, no quiero dejar de vivir el presente. Pero sin concebir al presente como circunstancia, sino como construcción. Es la primera vez en años en que me desprendo de lo que no es mío, en que no me cargo con problemas de los que no fui causante, en que no quiero rehabilitar, en que no creo que sea mi tarea "enseñar a amar" a quien tiene una idea miserable del amor. Mucho tiempo y dinero se me fue de las manos en el intento (afortunadamente fructífero) de lidiar con mis demonios y mis bajezas, y hoy más que antes llegue a la conclusión de que no se trata de influencias, sino de convicción. Por eso, me abro, me corro, me suelto, aunque muchos me señalen que es un ciclo que puede repetirse, sigo intentando decidir, quiero tomar al toro por las astas, quiero levantar un muro, quiero decidir. Porque lo más cómodo siempre fue estar a merced de lo circunstancial, confiar en que en algún momento las cosas podrían ser distintas, que si me esforzaba lo suficiente en ser un buen modelo por osmosis o imitación la palabra iba a prender. Y nunca se trató de eso...

Parte de mí cree que si afirmo lo suficiente que no va a volver, realmente voy a lograr alejarlo, y todo es porque tengo miedo. Tengo miedo de no poder concebir el amor sin guerras, temo dejar ir algo valioso porque una parte mía esté expectante al conflicto, que una parte de mi amor haya quedado prendida al sabor de mi sangre, que necesite de heridas para marcarme como ganado, como esclava, corrupta y ultrajada en nombre de un amor infame y perverso. Tengo miedo de no creerme merecedora de ser humana, de ser igual, de ser pareja, de ser extrañada, recordada, cuidada, acompañada, de ser cómplice, amiga, de ser vulnerable sin ser vulnerada. Porque saber no es curar, porque la palabra es dueña de la verdad, pero carga una responsabilidad subjetiva que no sé si aún me pertenece. 

Por eso no puedo escuchar las mismas canciones, no puedo frecuentar a las mismas personas, porque ya no quiero ocupar esos otros lugares sesgados por una posición que ya no ocupo. Pero estoy sola en este trayecto, soy la única agente de mi porvenir. 

lunes, 1 de noviembre de 2021

Tiempo

 Los días y las semanas pasan, y con ellas se van horas, minutos, instantes, con o sin significados, con o sin marcas, pero lo cierto es que todo se desvanece, de escurre, y de repente nos encontramos siendo algo nuevo, o algo muerto, atado al pasado, o a los recuerdos, o a las imágenes deformadas de los sentidos posteriores que creamos para aventurar lógicas que nos permitan seguir reconociéndonos en el espejo. Por momentos siento que no esta pasando, que los días no transcurren, que la fechas no se tachan del calendario, y es el estupor y la catatonia los que me invaden, pero no como algo nuevo y desconocido, sino como una experiencia familiar que me acompañó a lo largo de toda mi biografía. El temor más grande que se cuela con ello es que esta experiencia nunca se cierre, que un día, sin más, me despierte y al verme en el espejo me encuentre con un rostro minado de arrugar, con el cabello contenido en una cofia que cubre grisáceas hebras, electrificadas, opacas, y sin volumen. Y sin hablar desde el viejismo, sino desde el temor a perder los sentidos, a perder las huellas del paso del tiempo, y con ello, carecer de las posibilidades de estar en el presente. 

Y quiero arriesgarme y salir al mundo, y quiero enfrentar a mis miedos, y frustrarme , pero a la vez no dejo de sentirme frágil. En casi 3 décadas no logro aún sentirme una unidad, siento pánico a romperme, a extinguirme, a dejar de ser, no sin fundamentos. Cargo todavía una piedra sobre mis hombros, escombros y ruinas de ilusiones y sueños, de los más infantiles y pueriles tal vez, que rompen huesos y corrompen ambiciones, no me permiten andar erguida, y lo único con lo que a veces cuento para, al menos, aparentar estar en pie, es el orgullo. Porque, en la mayoría de las ocasiones, no es tan importante serlo como parecerlo. Miente miente que algo quedará. Pero el juego de las apariencias siempre tiene una única víctima: yo. Soy yo la que estrangula su propio ser, la que gasta incalculables cargas de energía en posar, en ocupar posiciones ajenas, y termina exhausta, consumida por reacciones y actitudes que no se merecen. Y los otros no tienen culpa alguna, porque solo reaccionan frente a un espectro, a una imagen, a un fantasma cargado de hostilidades y rodeado de barreras que solo los repelen. Quién podría acusarlos de malvados si ellos también se defienden?

El punto es que, aunque puedo ahora verlo, después de muchos años de reflexión, introspección, de revisión de errores y reivindicación de extraños y cercanos, ello no implica que tenga la fortaleza suficiente para arribar sin armaduras al encuentro con los otros. No me siento capaz aún de bajar la guardia, de replegar las plumas de pavo real para dejar ver mi marchito andar, la humedad de mis ojos, la fragilidad de mi ambición, y la calidez de mi palabras. Crecí en un mundo poblado por jueces y verdugos, en el panóptico de Foucault donde no se sabía quién pero siempre alguien vigilaba. reglaba, y condenaba. Es muy difícil entonces andar y hacer, sentir y amar, si estas sometida a juicios y penalizaciones, pero más difícil aún es dar con la conclusión de que las penas nunca tienen tiempo y espacio, y se transforman en castigos vitalicios. 

Por lo pronto trato de tomar los más pequeños pasos hacia fuera de mi armadura como grandes logros, y no los fuerzo, sino que los valoro a cada uno como un salto cualitativo que cobrará importancia mayor con el correr del tiempo. Y aunque me atemoriza y me paraliza, no queda más que amigarme con la idea de que yo misma gasté mucho de él para quedarme quieta, y lo tomé para procrastinar, y hacerme responsable de haber tendido lazos e hilos que me arrastraras hacia atrás. Ese tiempo perdido o mal invertido no va a volver, pero del mismo modo depende de mí, y solo de mí, no desconocerme, y construir mi propio mañana.