lunes, 22 de noviembre de 2021

(Des) Quitar

 Siento que necesito cantar, fuerte y alto, y conmoverme, y sacar a pasear por mis mejillas lágrimas desgarradas, penas ahogadas, euforia desenfrenada. Pero, a la vez, busco espacios seguros, camuflar los gritos en las notas altas de una canción, fingir interpretar en lugar de descargar. Aún así, me calzo los auriculares para no escucharme, para no sentir como se me quiebra la voz, para no oír cómo el aire se mezcla con la desazón y se esconden los nudos, cómo la letra se mezcla con ideas que se fugan de mi consciencia intentando nombrar lo no dicho. 

Tal vez por eso quiero salir, quiero moverme, quiero hablar con otros, porque parte de mi esta llegando al límite del hartazgo, porque no hay mucho más que decir, ya no hay nada nuevo que expresar. Y aunque lo hubiera, ya no son mis palabras, ni mis sensaciones, porque yo me conozco y sé muy bien qué hice y por qué lo hice, no hubo nunca azar en mis acciones, aunque en todas y cada una de las ocasiones se trató de saltos al vacío, de pasos a ciegas, de actos suicidas, hasta la más desprendida de la vida se cansa de encontrar siempre el suelo. Y creo que es esa la fuente de mi falta de inspiración, porque ninguna estrofa refleja mi hartazgo, porque todas las canciones cuentan un estado de desasosiego del que me quiero desprender, que quiero duelar y enterrar. Porque eso es parte de lo que fui, un cuerpo cooptado por el conflicto, de un amor belicoso que solo conocía de campos de batalla y estrategias de negociación, de tratados de paz y alianzas jurisdiccionales. Ya no quiero tender treguas, ya no quiero ceder territorios, ya no quiero marcar fronteras. 

Es la primera vez que, aunque me proyecto en el futuro, no quiero dejar de vivir el presente. Pero sin concebir al presente como circunstancia, sino como construcción. Es la primera vez en años en que me desprendo de lo que no es mío, en que no me cargo con problemas de los que no fui causante, en que no quiero rehabilitar, en que no creo que sea mi tarea "enseñar a amar" a quien tiene una idea miserable del amor. Mucho tiempo y dinero se me fue de las manos en el intento (afortunadamente fructífero) de lidiar con mis demonios y mis bajezas, y hoy más que antes llegue a la conclusión de que no se trata de influencias, sino de convicción. Por eso, me abro, me corro, me suelto, aunque muchos me señalen que es un ciclo que puede repetirse, sigo intentando decidir, quiero tomar al toro por las astas, quiero levantar un muro, quiero decidir. Porque lo más cómodo siempre fue estar a merced de lo circunstancial, confiar en que en algún momento las cosas podrían ser distintas, que si me esforzaba lo suficiente en ser un buen modelo por osmosis o imitación la palabra iba a prender. Y nunca se trató de eso...

Parte de mí cree que si afirmo lo suficiente que no va a volver, realmente voy a lograr alejarlo, y todo es porque tengo miedo. Tengo miedo de no poder concebir el amor sin guerras, temo dejar ir algo valioso porque una parte mía esté expectante al conflicto, que una parte de mi amor haya quedado prendida al sabor de mi sangre, que necesite de heridas para marcarme como ganado, como esclava, corrupta y ultrajada en nombre de un amor infame y perverso. Tengo miedo de no creerme merecedora de ser humana, de ser igual, de ser pareja, de ser extrañada, recordada, cuidada, acompañada, de ser cómplice, amiga, de ser vulnerable sin ser vulnerada. Porque saber no es curar, porque la palabra es dueña de la verdad, pero carga una responsabilidad subjetiva que no sé si aún me pertenece. 

Por eso no puedo escuchar las mismas canciones, no puedo frecuentar a las mismas personas, porque ya no quiero ocupar esos otros lugares sesgados por una posición que ya no ocupo. Pero estoy sola en este trayecto, soy la única agente de mi porvenir. 

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