lunes, 1 de noviembre de 2021

Tiempo

 Los días y las semanas pasan, y con ellas se van horas, minutos, instantes, con o sin significados, con o sin marcas, pero lo cierto es que todo se desvanece, de escurre, y de repente nos encontramos siendo algo nuevo, o algo muerto, atado al pasado, o a los recuerdos, o a las imágenes deformadas de los sentidos posteriores que creamos para aventurar lógicas que nos permitan seguir reconociéndonos en el espejo. Por momentos siento que no esta pasando, que los días no transcurren, que la fechas no se tachan del calendario, y es el estupor y la catatonia los que me invaden, pero no como algo nuevo y desconocido, sino como una experiencia familiar que me acompañó a lo largo de toda mi biografía. El temor más grande que se cuela con ello es que esta experiencia nunca se cierre, que un día, sin más, me despierte y al verme en el espejo me encuentre con un rostro minado de arrugar, con el cabello contenido en una cofia que cubre grisáceas hebras, electrificadas, opacas, y sin volumen. Y sin hablar desde el viejismo, sino desde el temor a perder los sentidos, a perder las huellas del paso del tiempo, y con ello, carecer de las posibilidades de estar en el presente. 

Y quiero arriesgarme y salir al mundo, y quiero enfrentar a mis miedos, y frustrarme , pero a la vez no dejo de sentirme frágil. En casi 3 décadas no logro aún sentirme una unidad, siento pánico a romperme, a extinguirme, a dejar de ser, no sin fundamentos. Cargo todavía una piedra sobre mis hombros, escombros y ruinas de ilusiones y sueños, de los más infantiles y pueriles tal vez, que rompen huesos y corrompen ambiciones, no me permiten andar erguida, y lo único con lo que a veces cuento para, al menos, aparentar estar en pie, es el orgullo. Porque, en la mayoría de las ocasiones, no es tan importante serlo como parecerlo. Miente miente que algo quedará. Pero el juego de las apariencias siempre tiene una única víctima: yo. Soy yo la que estrangula su propio ser, la que gasta incalculables cargas de energía en posar, en ocupar posiciones ajenas, y termina exhausta, consumida por reacciones y actitudes que no se merecen. Y los otros no tienen culpa alguna, porque solo reaccionan frente a un espectro, a una imagen, a un fantasma cargado de hostilidades y rodeado de barreras que solo los repelen. Quién podría acusarlos de malvados si ellos también se defienden?

El punto es que, aunque puedo ahora verlo, después de muchos años de reflexión, introspección, de revisión de errores y reivindicación de extraños y cercanos, ello no implica que tenga la fortaleza suficiente para arribar sin armaduras al encuentro con los otros. No me siento capaz aún de bajar la guardia, de replegar las plumas de pavo real para dejar ver mi marchito andar, la humedad de mis ojos, la fragilidad de mi ambición, y la calidez de mi palabras. Crecí en un mundo poblado por jueces y verdugos, en el panóptico de Foucault donde no se sabía quién pero siempre alguien vigilaba. reglaba, y condenaba. Es muy difícil entonces andar y hacer, sentir y amar, si estas sometida a juicios y penalizaciones, pero más difícil aún es dar con la conclusión de que las penas nunca tienen tiempo y espacio, y se transforman en castigos vitalicios. 

Por lo pronto trato de tomar los más pequeños pasos hacia fuera de mi armadura como grandes logros, y no los fuerzo, sino que los valoro a cada uno como un salto cualitativo que cobrará importancia mayor con el correr del tiempo. Y aunque me atemoriza y me paraliza, no queda más que amigarme con la idea de que yo misma gasté mucho de él para quedarme quieta, y lo tomé para procrastinar, y hacerme responsable de haber tendido lazos e hilos que me arrastraras hacia atrás. Ese tiempo perdido o mal invertido no va a volver, pero del mismo modo depende de mí, y solo de mí, no desconocerme, y construir mi propio mañana. 

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