domingo, 27 de marzo de 2022

Caldeamiento

No creo estar tomando las mejores decisiones en el último tiempo, creo en algún punto que es por haber invertido tantos años en acciones a futuro, y al modo en que todo de un momento a otro se derrumbó, que me llevaron a priorizar el presente. Me estuve enfocando en las acciones sin ver las consecuencias, o viéndolas como inofensivas. No creo haberme detenido a pensar en las palabras que pronuncio, al menos no de un modo reflexivo-introspectivo, sino solo desde la planificación, o desde la correcta sintaxis, como si los sentidos que se encubren solo sirvieran al efecto que intento generar en el otro y no desde los lazos fantasmáticos que me colocan en la enunciación. Pero, también aproximo, que eso es producto de una historia encorsetada, bañada en represiones y caracterizada por la estrangulación de mi yo. 

Entonces lo que obtengo cuando establezco una pausa, como la que estoy atravesando en este momento, es un recorrido polarizado, que va de un extremo al otro, que vacila entre el ostracismo y la voluptuosidad, sin atender a medias tintas, sin encontrar un gris, entre el todo y la nada, aunque es curioso que si se atiende a una satisfacción plena que no deje resto lo que queda también es una nada, un cero que no significa, que no simboliza, solo es acción por reacción. Y escribiendo esto recuerdo que Lacan habló en uno de sus seminarios de nada, la nada y una nada, y de nuevo pienso en mi polaridad con lo que más amo que es mi carrera, en cómo por momentos la suelto y la dejo, y me pesa y me duele, y es lo único para lo que soy buena y eso me rompe un poco porque a la vez siento que me ahoga, no tanto por lo que es para mí sino por lo que los otros conciben cuando la nombro. Los otros, siempre inmiscuidos en mis asuntos, siempre presentes en mis pensamientos, siempre irrumpiendo, mirando, invadiendo, juzgando, pero no desde fuera, sino desde mi interior. Bendigo y maldigo a mi memoria, a los hilos hiperconectados de mi psiquis, que traen y llevan continuamente los epítetos casuales, sin atención y sin cuidado que la gente pronuncia mientras mascan un chicle, exhalan el humo de un cigarrillo o entre eructos, y que en mí se marcan, se escriben a punta de navaja y arden  y queman a cada momento. 

Y, ahora que lo escribo, yo estoy haciendo lo mismo, aunque no sin cuidado, al menos no sin cuidarme a mí. Estoy jugando al fogoneo, al caldeamiento, como una apuesta al azar, como intentando irrumpir, sin romper, sino de manera disruptiva, queriendo cambiar el tono o la orientación de la conversación, el tono de la interacción. Y aunque no me parecía muy histérico de mi parte, al redactarlo noto que sí lo es: antes era por virilidad, por castrar al otro, por no dejarme barrar, y ahora es por agujerear, aunque ya no con hostilidad, sino con una invitación a mirar la falta e intentar abordarla, pero un agujero con otro nombre u otra función sigue siendo un agujero, y sigo postulándome como candidata a llenarlo, con palabras, con acciones o de la manera más arcaica, con el cuerpo. Me cubro con un velo de objeto sacrificial, me ofrezco como respuesta, aunque entre mis manos soy la que plantea la incógnita, la que intenta sostener el enigma, no porque sea una mente maestra, sino porque después de años me di cuenta que es lo que me sostiene a mí en el encuentro, y lamentablemente ya no hay otros que intenten velar el deseo. 

Últimamente todo se trata de desvelos y descaros, de arrebatos sin sentido (desde la concepción saussureana), de acciones sin marca, coherentes a una lógica de consumo. Y de nuevo, la teoría, la intelectualización, la defensa, y la responsabilidad, cae sobre mis hombros la misión de no dejarme atrapar por el silencio, por la falta de signos y seguir escribiendo, y seguir enunciando, y seguir significando, historizando, para no dejarme cubrir por el mutismo de objeto.