martes, 21 de diciembre de 2021

Elástico

 Tengo la mente laburando a mil por hora, invadida por imágenes y escenarios ficticios, planes, expectativas. Manifiesto, anhelo, proyecto, deseo, pero de un modo u otro una liga me arrastra hacia atras, como si estuviese atada por un elástico, o una correa, que me lleva de un lado a otro, y cuanto más afuera me asomo, más doloroso es el arrastre hacia atras. Y pareciera que siento culpa, o resquemor, como si yo fuese la que falló, como si fuera yo quien abandonó, quien tiró la toalla y se fue sin dejar palabra alguna que permita cerrar las puertas, que me permitiera abrochar este dolor y asegurarme de concluirlo. 

Mientras lo escribo creo que llegué a descifrar o quitar el velo del misterio, creo que esa era precisamente la intención, dejar siempre una rendija abierta a la posibilidad de volver, porque él también tiene su correa elástica, se ata los pies al puente como haciendo bungee jumping, se lanza al vacío pero contando conmigo como pilar, como lugar seguro. Porque él nunca dudó de mí, nunca sintió inseguridad, siempre estuvo muy consciente de mi lealtad y del amor que le tenía, de que mi fidelidad era genuina y sólida. Por eso tiene el privilegio de jugar con mi mente, de darle las vueltas que le quiera a sus relatos, de decir las palabras justas para encantarme y, como hechizo, volver a guiarme hacia su lado, entre sus piernas, cuidando su sueño, bendiciendo con cada beso su espalda y su frente. Sabia que con solo sentir de cerca los latidos de su corazón y notar cómo se le erizaba el vello del pecho me calmaba, me sentía importante, extrañada, querida. Que cuando me rodeaba con un brazo la cintura y me empujaba hacia su aliento me corría un escalofrío por la espina, se me nublaba la vista, y me sentía embriagada de gusto sintiendo su perfume. Una lastima es que él se ató a mi por las razones equivocadas u opuestas a las mías. 

Parte de mí se aisla y se castiga cuando pienso en que no puede vivir de recuerdos, y me creo hereje por querer ofrecerle mis brazos y mi piel a otros, como una traición, como una traición. De cierto modo, le juré mi amor eterno, no de manera adolescente y pueril, como si fuera un pacto de sangre porque tenía la certeza de que lo podía sostener, que el fuego que me habita el pecho cuando pronuncio su nombre no se consumiría. Y en parte es cierto aún hoy, porque las cicatrices no se borran, y son testigos silenciosos. Y tal vez sea por eso que de tanto en tanto lanzo estas palabras al cyber espacio, con la esperanza infantil de llegar a ser para él una fracción, muy pequeña, de lo que él es para mí. Es la ideación que me mantiene con un poco de autoestima, y no se trata de que vuelva o de que se arrepienta de haberme soltado, sino de que le duela un poco mi ausencia, que no pueda volver a sentir mi perfume sin que se le erice la piel. La esperanza de no haber sido anónima, de no haber sangrado tanto en vano. 

Esta no es una declaración de dolor. Es una despedida. No puedo seguir atada a un fantasma ni a un concepto, porque, a fin de cuentas, ya no eras eso que extraño, ya no eras en quien yo confiaba, ya no podía ser yo misma en tu presencia. Había vuelto a tener ese comportamiento conflictivo que me llevó a pensamientos oscuros, me llevó de nuevo a cuestionar mi propia esencia, y estranguló mi verdadero yo. Me quedará por siempre la duda de saber cuál era tu verdadero ser, si era el compañero y cómplice que puso el hombro y el cuerpo en mis momentos vulnerables, o si eras ese otro ser calculador y maquiavelico que analizaba cada movimiento y gesto para enredarme en mentiras y traiciones. Y el hecho de haber invertido años en algo que nunca supe si tenía o no sustancia es lo que me hace desistir, romper el contrato. Te dejo ir, no a la persona, sino al recuerdo, a la imagen, a la idealización. 

Y me tiro yo, atada también, pero no a tu fantasma, sino a mí misma. Extrañaba esta sensación de entusiasmo, de misterio y de incertidumbre. Extrañaba maravillarme con lo nuevo y sentir curiosidad, querer indagar, bucear, y plantar jugadas. Poniendolo así, sonamos parecidos, la diferencia es que yo no pondría en juego la integridad de otro para mi propio beneficio. Me gusta volver a sonreir por recordar una palabra, un gesto, por sorprenderme en un roce de pieles, por encontrar una mirada que se desvía nerviosa de la mía. Extrañaba tener la cabeza ocupada con un nombre, contando los días para otro encuentro. 

lunes, 20 de diciembre de 2021

Signos

 Hace dos días que abrí esta entrada, por un motivo u otro no pude empezar a teclear, y aunque sea de madrugada y me queden menos de cuatro horas para dormir, de algun modo necesito empezar a poblar este blanco. No sé bien si es que los ciclos comienzan a cerrarse, si realmente estoy virando de posición o si simplemente me hinché las pelotas de muchas cosas, pero como pasa con la ropa, estoy volviendo a lo básico. Lo mínimo, lo indispensable, pero lo que no falla, los pilares fundamentales al menos deben estar reforzados. Y eso es algo que por momentos me asombra y por otros me reconforta. 

Siento que usé mucho de mi tiempo vital ocupada, o con la atención fija en la grandilocuencia, en los grandes movimientos, en los gestos extraordinarios, en la parafarnalia artificial de elementos inorgánicos y, mal que me pese, desechables y poco funcionales. Y de estas cosas me doy cuenta cuando me encuentro frente a situaciones, no extrañas, pero si nuevas; cuando los pensamientos me bombardean con imágenes y no me dejan prestar atención, cuando las escenografias y los actores se disponen de maneras infinitas y practico mentalmente qué decir, cómo fruncir el ceño, cómo sonar despreocupada o distraída para no demostrar mis verdaderas sensaciones.. en esas circunstancias me doy cuenta que, aunque conviva con una psiquis insoportable, ya no me paraliza. 

Porque ya no hay catatonia, pero tampoco agresión ni hostilidad. Me sorprendo gratamente y mis mejillas se sonrojan cuando recuerdo que, mal que me pese, puedo ser espontánea, puedo ser una persona ocurrente, y graciosa, y abierta, incluso sin proponermelo. Y aunque luego mi sentido estricto de moral me provea de una reprimenda por haber usado muchas palabrotas, o por haber abusado de las onomatopeyas, una parte de mi se enorgullece de poder ser una con un otro, de poder ser un semejante, de no revestirme de armaduras y puas para evitar el contacto de los otros. Si bien no me siento despersonalizada cuando el trato es protocolar o encuadrado, me alegra saber que puedo correrme de los límites de mi estructuralismo interaccional, que puedo, sin pensarlo deliberadamente, jugar con la cadencia de mi voz, que puedo mezclar puteadas con términos técnicos, que la intelectualización juega a mi favor y se mezcla con la cancha, con la cumbia, con el barrio. 

Siento que por primera vez en casi 29 años estoy empezando a posicionarme en el gris, estoy experimentando mezclar la cabeza y la fuerza, la calle y los libros, sin que una cosa anule a la otra, empiezo a sentirme un ser misceláneo que guarda en mixtura parte de encanto. Podría considerarme a mí misma encantadora? No creo sentirme capaz de responderlo, y tal vez la respuesta que pudiera dar más adelante tampoco sea definitiva, y se reescriba continuamente. Por lo pronto puedo usar un signo que cayó como significante, ahora dotado de sentido por mí y para mí, soy querida, me quiero, me abrazo, y camino conmigo de a un paso por vez, sin acelerar, sin presionar, pero sin descansar.  

lunes, 29 de noviembre de 2021

Iron (wo)Man

 Estoy en medio de una corriente, haciendo una prueba en realidad. Aunque no es algo deliberado ni voluntario, sino que de algún modo azaroso, de repente mis censuras comenzaron a ceder, y las barricadas se debilitaron lentamente, como si un campo de fuerza que me mantenía cautiva hubiera desaparecido, y en un abrir y cerrar de ojos el paradigma cambiara. Claramente no fue todo tan repentino, no fue magia, pero así se sintió básicamente porque no lo previne de modo alguno. Intención no es posibilidad, y si bien siempre he guardado cierta admiración por las personas espontáneas, o despreocupadas, en realidad, desestructuradas, nunca creí que fuera una virtud que pudiera llegar a albergar. 

Ello no implica que me haya deshecho completamente de los temores o los prejuicios, que no rodean tanto a los otros sino al modo en que yo sospecho que me ven, al modo en que creo que me juzgan, a la imagen que proyecto, que cargada de buenas intenciones, igualmente siempre fue defensiva, hostil, agresiva, como si portara una verdad en mi letra, como si mi palabra fuera ley.  No soy tan importante ni tan llamativa ni tan excepcional para que todos y cada uno de los otros que me cruce se fijen específicamente en mí, ni en mis miserias, ni en mis vergüenzas, no todos tienen una idea sobre cada asunto y cada ser que habita con nosotros en este ínfimo punto del universo, en este instante evanescente de existencia. No vale la pena, ni el trauma, ni la sangre ni las lagrimas algo tan fuera de mi alcance. Aún temo ser rechazada, desplazada, desatada, silenciada del discurso, pero un día me levanté y acepté que ese miedo iba a coexistir conmigo, es parte inherente de mi estructura, materia prima de mi fantasma, y que no hay otra cosa que hacer con él que controlarlo, contextualizarlo, atarlo a las circunstancias, y asumir que no tengo control (y jamás lo tendré) sobre las ideas y reacciones de otros, que los otros son independientes de mí y de las coordenadas subjetivas que me sostienen en la palabra. Que son ajenos, externos, extranjeros, son otros, no son yo, y como yo estan atravesados por sus propios fantasmas, por sus propios miedos, e incluso sus propios intereses.  

Será por eso que estos últimos días lloré tanto, sufrí, me oscurecí y un poco me marchité. Me vi de frente con el (mal) trabajo de mi vida, el gran esfuerzo que invertí todos estos años para construir estos fuertes, para levantar estos muros, dejando conmigo a un grupo selecto, a quienes yo creí que debian ser incondicionales y a quienes yo les juré, como un pacto de sangre, mi lealtad eterna. Y no hablo de mi decepción romántica únicamente. Estos últimos días más que antes me dí cuenta que tengo una forma de amar que se asemeja al sostén, yo no quiero a otro somo par, lo quiero como dependiente de mí, los acuno, los abrigo, los pongo sobre mi pecho y proyecto una imagen de completud que me hace sentir perfecta, impoluta, incorruptible, y soy vista entera, sin fisuras, inquebrantable, incorruptible, en un pedestal. Aprendí a odiar ese epíteto, y creo que nunca pude conceptualizar bien el por qué. Estar blindada me hacia irrompible, pero fría, sombría, inmóvil, inhumana. 

Saber no es curar. Es una frase que repetí hasta el hartazgo en los últimos meses, y es tan obvia, tan simple, pero cada vez tiene más significado, y se torna un símbolo, un hito. Porque nada carga tanto sentido como cuando se experimenta en el cuerpo, cuando la carne sucumbe, cuando se escribe con sangre el pasado para resignificarse en el futuro. Y si bien la prosa lacaniana nunca pasa desapercibida, ahora es cuando surte efecto. Intelectualización pero ya no únicamente como defensa, sino como herramienta empleada a mi favor. No más como barrera, sino como condición de correlación, de ida y vuelta entre los hilos lógicos, como andamiaje para la construcción. Es que eso soy ahora, una obra en construcción, pero ya no de muros, barricadas y fuertes, sino de estructuras abiertas, con ventanas y puertas que se abran a los otros, no para acunar ni anidar, sino para vincular. Para ser sujetos $, para estar fragmentados, pero juntos.  

lunes, 22 de noviembre de 2021

(Des) Quitar

 Siento que necesito cantar, fuerte y alto, y conmoverme, y sacar a pasear por mis mejillas lágrimas desgarradas, penas ahogadas, euforia desenfrenada. Pero, a la vez, busco espacios seguros, camuflar los gritos en las notas altas de una canción, fingir interpretar en lugar de descargar. Aún así, me calzo los auriculares para no escucharme, para no sentir como se me quiebra la voz, para no oír cómo el aire se mezcla con la desazón y se esconden los nudos, cómo la letra se mezcla con ideas que se fugan de mi consciencia intentando nombrar lo no dicho. 

Tal vez por eso quiero salir, quiero moverme, quiero hablar con otros, porque parte de mi esta llegando al límite del hartazgo, porque no hay mucho más que decir, ya no hay nada nuevo que expresar. Y aunque lo hubiera, ya no son mis palabras, ni mis sensaciones, porque yo me conozco y sé muy bien qué hice y por qué lo hice, no hubo nunca azar en mis acciones, aunque en todas y cada una de las ocasiones se trató de saltos al vacío, de pasos a ciegas, de actos suicidas, hasta la más desprendida de la vida se cansa de encontrar siempre el suelo. Y creo que es esa la fuente de mi falta de inspiración, porque ninguna estrofa refleja mi hartazgo, porque todas las canciones cuentan un estado de desasosiego del que me quiero desprender, que quiero duelar y enterrar. Porque eso es parte de lo que fui, un cuerpo cooptado por el conflicto, de un amor belicoso que solo conocía de campos de batalla y estrategias de negociación, de tratados de paz y alianzas jurisdiccionales. Ya no quiero tender treguas, ya no quiero ceder territorios, ya no quiero marcar fronteras. 

Es la primera vez que, aunque me proyecto en el futuro, no quiero dejar de vivir el presente. Pero sin concebir al presente como circunstancia, sino como construcción. Es la primera vez en años en que me desprendo de lo que no es mío, en que no me cargo con problemas de los que no fui causante, en que no quiero rehabilitar, en que no creo que sea mi tarea "enseñar a amar" a quien tiene una idea miserable del amor. Mucho tiempo y dinero se me fue de las manos en el intento (afortunadamente fructífero) de lidiar con mis demonios y mis bajezas, y hoy más que antes llegue a la conclusión de que no se trata de influencias, sino de convicción. Por eso, me abro, me corro, me suelto, aunque muchos me señalen que es un ciclo que puede repetirse, sigo intentando decidir, quiero tomar al toro por las astas, quiero levantar un muro, quiero decidir. Porque lo más cómodo siempre fue estar a merced de lo circunstancial, confiar en que en algún momento las cosas podrían ser distintas, que si me esforzaba lo suficiente en ser un buen modelo por osmosis o imitación la palabra iba a prender. Y nunca se trató de eso...

Parte de mí cree que si afirmo lo suficiente que no va a volver, realmente voy a lograr alejarlo, y todo es porque tengo miedo. Tengo miedo de no poder concebir el amor sin guerras, temo dejar ir algo valioso porque una parte mía esté expectante al conflicto, que una parte de mi amor haya quedado prendida al sabor de mi sangre, que necesite de heridas para marcarme como ganado, como esclava, corrupta y ultrajada en nombre de un amor infame y perverso. Tengo miedo de no creerme merecedora de ser humana, de ser igual, de ser pareja, de ser extrañada, recordada, cuidada, acompañada, de ser cómplice, amiga, de ser vulnerable sin ser vulnerada. Porque saber no es curar, porque la palabra es dueña de la verdad, pero carga una responsabilidad subjetiva que no sé si aún me pertenece. 

Por eso no puedo escuchar las mismas canciones, no puedo frecuentar a las mismas personas, porque ya no quiero ocupar esos otros lugares sesgados por una posición que ya no ocupo. Pero estoy sola en este trayecto, soy la única agente de mi porvenir. 

lunes, 1 de noviembre de 2021

Tiempo

 Los días y las semanas pasan, y con ellas se van horas, minutos, instantes, con o sin significados, con o sin marcas, pero lo cierto es que todo se desvanece, de escurre, y de repente nos encontramos siendo algo nuevo, o algo muerto, atado al pasado, o a los recuerdos, o a las imágenes deformadas de los sentidos posteriores que creamos para aventurar lógicas que nos permitan seguir reconociéndonos en el espejo. Por momentos siento que no esta pasando, que los días no transcurren, que la fechas no se tachan del calendario, y es el estupor y la catatonia los que me invaden, pero no como algo nuevo y desconocido, sino como una experiencia familiar que me acompañó a lo largo de toda mi biografía. El temor más grande que se cuela con ello es que esta experiencia nunca se cierre, que un día, sin más, me despierte y al verme en el espejo me encuentre con un rostro minado de arrugar, con el cabello contenido en una cofia que cubre grisáceas hebras, electrificadas, opacas, y sin volumen. Y sin hablar desde el viejismo, sino desde el temor a perder los sentidos, a perder las huellas del paso del tiempo, y con ello, carecer de las posibilidades de estar en el presente. 

Y quiero arriesgarme y salir al mundo, y quiero enfrentar a mis miedos, y frustrarme , pero a la vez no dejo de sentirme frágil. En casi 3 décadas no logro aún sentirme una unidad, siento pánico a romperme, a extinguirme, a dejar de ser, no sin fundamentos. Cargo todavía una piedra sobre mis hombros, escombros y ruinas de ilusiones y sueños, de los más infantiles y pueriles tal vez, que rompen huesos y corrompen ambiciones, no me permiten andar erguida, y lo único con lo que a veces cuento para, al menos, aparentar estar en pie, es el orgullo. Porque, en la mayoría de las ocasiones, no es tan importante serlo como parecerlo. Miente miente que algo quedará. Pero el juego de las apariencias siempre tiene una única víctima: yo. Soy yo la que estrangula su propio ser, la que gasta incalculables cargas de energía en posar, en ocupar posiciones ajenas, y termina exhausta, consumida por reacciones y actitudes que no se merecen. Y los otros no tienen culpa alguna, porque solo reaccionan frente a un espectro, a una imagen, a un fantasma cargado de hostilidades y rodeado de barreras que solo los repelen. Quién podría acusarlos de malvados si ellos también se defienden?

El punto es que, aunque puedo ahora verlo, después de muchos años de reflexión, introspección, de revisión de errores y reivindicación de extraños y cercanos, ello no implica que tenga la fortaleza suficiente para arribar sin armaduras al encuentro con los otros. No me siento capaz aún de bajar la guardia, de replegar las plumas de pavo real para dejar ver mi marchito andar, la humedad de mis ojos, la fragilidad de mi ambición, y la calidez de mi palabras. Crecí en un mundo poblado por jueces y verdugos, en el panóptico de Foucault donde no se sabía quién pero siempre alguien vigilaba. reglaba, y condenaba. Es muy difícil entonces andar y hacer, sentir y amar, si estas sometida a juicios y penalizaciones, pero más difícil aún es dar con la conclusión de que las penas nunca tienen tiempo y espacio, y se transforman en castigos vitalicios. 

Por lo pronto trato de tomar los más pequeños pasos hacia fuera de mi armadura como grandes logros, y no los fuerzo, sino que los valoro a cada uno como un salto cualitativo que cobrará importancia mayor con el correr del tiempo. Y aunque me atemoriza y me paraliza, no queda más que amigarme con la idea de que yo misma gasté mucho de él para quedarme quieta, y lo tomé para procrastinar, y hacerme responsable de haber tendido lazos e hilos que me arrastraras hacia atrás. Ese tiempo perdido o mal invertido no va a volver, pero del mismo modo depende de mí, y solo de mí, no desconocerme, y construir mi propio mañana. 

domingo, 26 de septiembre de 2021

Desatada

 Muchas veces en este período de tiempo me sentí con ganas de escribir, o en realidad, me cruzaba una sensación, más del tipo "emocional" por su falta de palabras, que precisamente me empujaba a escribir, pero llegado el momento no abría el block de notas y simplemente me encontraba al cabo de un rato haciendo otra cosa. Nada demasiado interesante, ni demandante, ni urgente, sino simplemente siguiendo, andando. Y es algo muy cotidiano ahora, pasar, andar, sin que nada signifique demasiado, sin que nada caiga como signo en búsqueda de un sentido. Soy una victima de la pragmática, puede ser. 

En otro momento de mi vida hubiese creido que esta es la peor de las tragedias, o una traición a mi esencia, como si el dolor perpetuo fuera una personalidad, o una especie de designio, destino único y final. Creo que la clave es la cantidad de años, y lágrimas, y sudor y sangre que se escapan como granos de arena entre los dedos. Llegó un momento en que miré hacia atrás y todo eso en lo que me endulzaba me resultaba vergonzoso, o ajeno en algun punto. No quiero convertirme en un alma en pena, no quiero hacer un duelo eterno. Y si bien puede ser que me comporte como una viuda recién inaugurada, no quiero dejar que ello me defina. No soy dolor, no soy sufrimiento, no quiero que eso sea una marca de mi identidad. 

Tengo un nombre, una historia, marcada por el flagelo, el dolor y la soledad, pero no es hacia donde quiero ir ni donde me quiero quedar. Por primera vez en mucho tiempo  puedo ver hacia adelante, quiero imaginarme en unos años. Aunque la felicidad sea una promesa corrupta y minada de subjetividades y azar, al menos quisiera soñarla, imaginarla por momentos, y figurarme ser más allá de las cicatrices.

Lo único desfavorable del asunto es que la no-depresión nunca deja buenas frases, sin excepción suena a coaching ontológico, parecen un puñado de frases de sobre de azúcar desparramados en un formato más largo. Creo que por eso también me resistía a escribir, todo parece artificial y hecho de carton pintado. Y lo será hasta que me acostumbre, es un tenor que desconozco, una cotidianidad en la que me siento extranjera, aunque la fachada es más o menos la misma, me siento ajena entre las paredes de mi propio cuerpo. Hay una idea que me da vueltas en la cabeza pero ya no tengo cómo conectarla con el hilo de esta narración. 

Supongo que hay algo que todavia me detiene en algun punto, es que yo no dejé de querer, y de esperar en algun punto, pero no voy a hacer nada al respecto, y no tengo más remedio de avanzar, y de desatarme como yo fui desatada, de descartar como yo fui descartada, para desconocer como fui desconocida, de poner un muro en esa dirección y continuar por otro camino. Y por eso volvi a escribir en este, porque es mi lugar, independientemente de quien pueda acceder, y fue mio desde antes, y asi como yo nunca renuncié y nunca me solté, ahora me apropio de mí, de mi cuerpo, de mis sentimientos, de mis pensamientos, para ser yo la agente de mi propio porvenir. 

domingo, 22 de agosto de 2021

Meritocracia

 Tal vez no sea el mejor momento, tanto cronológica como sentimentalmente, para ponerme a redactar estas líneas. Tal vez deberia esperar a que mis ojos se sequen, a que las làgrimas dejen de caer, a tener un temperamento màs neutro o un dominio de mis facultades màs asertivo, pero es que ya no soporto. No tolero ni un momento màs saber que no lo merezco, no me merezco el desprecio, no me merezco la indiferencia, no me merezco el tratamiento casi de paria del que soy objeto, porque no hay ni un solo crimen en mi haber, no hay nada reprochable. Solo, quizas, la impotencia de saberme tan vulnerable, tan endeble, tan tomada por la pasion y el afecto, que me convertí en lo que toda mi vida busqué evitar: en una víctima.

Nunca quise ser un ente pasivo, objeto de los enunciados injuriantes de los hombres, de los varones, porque de uno u otro modo y contra mi voluntad, siempre supe que era en ellos donde reposaba el poder, la valía, la legitimidad. Y si, llamenme machista o acusenme de hacerle el juego a los varones, pero hay algo que se llama pragmatismo y es hacia allí la dirección que instintivamente tomé. No sé aún si ello me benefició, todavia lo estoy decidiendo, si bien no me gné el desprecio ni la burla (al menos en mi cara) de mis coetáreos, si fui testigo y cómplice de bajezas y enunciados mínimamente cuestionables. 

Y hoy después de mucho tiempo. de intentos incesantes de mantenerme al margen o de no generalizar, me veo envuelta de lleno de nuevo en mis páanicos y miedos mas profundos, se abren nuevos interrogantes e inquietudes que nunca habian cruzado por mi mente, todo tal vez impulsado por ese intento de camuflarme, de ser "uno mas" aunque no me dè el cuero, aunque me desangre y flagele con cada enunciado. Y aunque sea consciente de que no todas las personas comparten mi visión, mi perspectiva y mi moral intensamente ultrajante, aùn espero ingenuamente que alguien ahi afuera comparta al menos un poco de este dolor, tan profundo, tan incisivo, de la consciencia del daño ajeno, de la responsabilidad por la miseria intersubjetiva. Y de nuevo la pared, la nada, la soledad. 

Lloro y me rompo, y de nuevo estoy partida en mil pedazos, porque estoy sola, porque no hay salida, no hay respuesta, no hay nadie que me una, no hay nadie que comprenda mi dolor. Y porque aunque haya revisaba cada minimo detalle, cada pequeño espacio, cada minúscula área, para no lastimar, para que otro no pague las consecuencias de mis fantasmas, aunque haya protegido al resto de mi suciedad, soy yo la que paga las miserias de los demàs. Es a mí a quien hacen objeto de sus frustraciones, de sus dolores, de sus asuntos no resueltos, y me hacen victima de sus indiferencias y malos tratos como si yo fuera parte responsable de su mugre, como si yo no hubiese intentado una y mil veces ir contra la mierda, como si no hubiera dado oídos, hombros, fuerza y palabras ante su desazon.

Lo más triste es, quizas, haberme dado cuenta que no se trata de merecer o no ser tratada como mierda, solo implica una cuota suficientemente buena de azar, de cruzarte en la mira de un imbécil que sepa como endulzarte para tenerte ahi, lista para lidiar con mierda que no es tuya, y ya esta. Terapia, si sos privilegiada, y sino, golpes y basura, familia amigos y cuernos, no hay mucho más que eso. 

Lamentablemente mucho antes de llegar a la mitad de mi vida ya sé, casi con plena certidumbre, que no hay nada afuera para mí. Porque no importa quién soy yo, la clase de persona que soy, la clase de ética que lleve a cabo, solo importa cuan podrida tenga la mente el estúpido de turno para echarme en cara sus frustraciones, y solo por estar ahi, en frente suyo, me voy a hacer merecedora de su mierda.

Y aunque la psicóloga me quiera convencer de lo contrario, prefiero quedarme así, aburrida, célibe, amargada, pero solo por mi, con una responsabilidad plenamente mía. Prefiero llorar de soledad que soportar sobre mis hombros las inseguridad de cualquier otro imbécil.  

viernes, 8 de enero de 2021

Espiral

 Es la primera vez en meses de confinamiento que quisiera no estar donde estoy, en el lugar en el que estoy, en el cuerpo en que estoy, en lo crónico. Y no tiene que ver con una cuestión vincular, o tal vez, pero no en el sentido más habitual respecto a roces y hostilidades con otros, eso podria considerarse que se encuentra "estable". 

Hace meses, u años incluso, que siento que estoy dentro de un sueño que se extiende ad infinitum, con una trama que parece no agotarse por mucho que intente mover o intercambiar los elementos. Siento que ciertos valores estan bien puestos, y de repente de un modo y otro termino contra la pared, frente a un muro inquebrantable. La diferencia, quizás, sea que antes lo consideraba un desafío, o un llamado a la curiosidad, era un enigma a resolver, pero ahora solo me frena, me aleja. Me frustra, porque haga lo que haga siempre termino siendo la perdedora, la caída, la descartada, o la villana, la cruel, la insensible, la insensata. No importa el mote que pese sobre mi, siempre estoy del lado antagonista, como si fuera quien busca causarse un dolor, y aunque puede que, de una forma muy retorcida, haya algo de verdad en esos juicios, no puedo calzarme un saco que no me cabe. Porque no son acciones aisladas, estan todas ligadas, contextuadas, en un relato historicamente marcado por el sufrimiento, por la deslealtad, por la desconfianza y la traición, y sin embargo parezco ser la única que lo recuerda... tal vez porque soy quien lo sufrió. 

Y no es una victimización, son los hechos fríos. Y no puedo evitar que mis ojos se nublen, y la quijada tiemble, mientras que la piel de las mejillas tira y arde, pero no tengo más fuerzas. Me siento un mongol frente a la muralla china, hay tanto que desconozco, tanto que no entiendo, tanto que no sé, un poco porque me fue ocultado, y otro poco porque me niego a conocer algo mas, porque toda novedad es una posible puñalada, varias de mis heridas remiten a actos de curiosidad, "no preguntes sobre lo que no queres saber". 

Hoy vuelvo a una caída, una muerta, una inexistencia, porque no sumo ni resto, porque no soy digna de actos de amor, ni de respeto, ni siquiera de engaños, soy tan nula que no existo. Y ya me cansé de explicar, y justificar, de atar con alambres las dos o tres acciones buenas y aisladas para crear una trama fantaseosa. Lo único positivo será que me dan ganas de salir, de andar por otros lugares, de hacer lo que siempre quise y me detenia la posibilidad de compartir, de ser dos, de andar acompañados. Me tocará trabajar y retomar todos mis proyectos inconclusos, hacerme cargo y correrme del lugar, hablar desde mi palabra para dejar de ser hablada por él.