Hace dos días que abrí esta entrada, por un motivo u otro no pude empezar a teclear, y aunque sea de madrugada y me queden menos de cuatro horas para dormir, de algun modo necesito empezar a poblar este blanco. No sé bien si es que los ciclos comienzan a cerrarse, si realmente estoy virando de posición o si simplemente me hinché las pelotas de muchas cosas, pero como pasa con la ropa, estoy volviendo a lo básico. Lo mínimo, lo indispensable, pero lo que no falla, los pilares fundamentales al menos deben estar reforzados. Y eso es algo que por momentos me asombra y por otros me reconforta.
Siento que usé mucho de mi tiempo vital ocupada, o con la atención fija en la grandilocuencia, en los grandes movimientos, en los gestos extraordinarios, en la parafarnalia artificial de elementos inorgánicos y, mal que me pese, desechables y poco funcionales. Y de estas cosas me doy cuenta cuando me encuentro frente a situaciones, no extrañas, pero si nuevas; cuando los pensamientos me bombardean con imágenes y no me dejan prestar atención, cuando las escenografias y los actores se disponen de maneras infinitas y practico mentalmente qué decir, cómo fruncir el ceño, cómo sonar despreocupada o distraída para no demostrar mis verdaderas sensaciones.. en esas circunstancias me doy cuenta que, aunque conviva con una psiquis insoportable, ya no me paraliza.
Porque ya no hay catatonia, pero tampoco agresión ni hostilidad. Me sorprendo gratamente y mis mejillas se sonrojan cuando recuerdo que, mal que me pese, puedo ser espontánea, puedo ser una persona ocurrente, y graciosa, y abierta, incluso sin proponermelo. Y aunque luego mi sentido estricto de moral me provea de una reprimenda por haber usado muchas palabrotas, o por haber abusado de las onomatopeyas, una parte de mi se enorgullece de poder ser una con un otro, de poder ser un semejante, de no revestirme de armaduras y puas para evitar el contacto de los otros. Si bien no me siento despersonalizada cuando el trato es protocolar o encuadrado, me alegra saber que puedo correrme de los límites de mi estructuralismo interaccional, que puedo, sin pensarlo deliberadamente, jugar con la cadencia de mi voz, que puedo mezclar puteadas con términos técnicos, que la intelectualización juega a mi favor y se mezcla con la cancha, con la cumbia, con el barrio.
Siento que por primera vez en casi 29 años estoy empezando a posicionarme en el gris, estoy experimentando mezclar la cabeza y la fuerza, la calle y los libros, sin que una cosa anule a la otra, empiezo a sentirme un ser misceláneo que guarda en mixtura parte de encanto. Podría considerarme a mí misma encantadora? No creo sentirme capaz de responderlo, y tal vez la respuesta que pudiera dar más adelante tampoco sea definitiva, y se reescriba continuamente. Por lo pronto puedo usar un signo que cayó como significante, ahora dotado de sentido por mí y para mí, soy querida, me quiero, me abrazo, y camino conmigo de a un paso por vez, sin acelerar, sin presionar, pero sin descansar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario