viernes, 8 de agosto de 2025

(A)void

 No es momento de sutilezas, ni de hiatos indefinidos. Tengo un mensaje sin leer, un audio sin oir, lo postergo, ya van más de diez horas. No me animo, no lo enfrento, lo evito, me evado. ¿Me? Si, me. Casi de manera cómica encontré la piedra angular de mis decisiones, de nuevo el modo posesivo, "mis", estoy un poco egosintónica, y egocéntrica también. Todo es yo, lo que atañe al yo, lo que inquieta al yo, lo que perturba al yo: perseguir el hedonismo, soñar con el punto 0, evitar la frustración.

Sin embargo, en una búsqueda incansable, es cuanto más encuentro todo lo que evito. Tal vez porque ese yo del que hablo o que tomo de referencia  no es una identidad, sino una entidad. Es una construcción (obvio), pero que se arma en base a impresiones, a reflejos, a metabolizaciones. Se trata de una escultura de piezas masticadas, ensambladas bajo una imago más o menos plástica, más o menos elástica. Pero el reflejo no se topa contra un cristal pulido, no se trata de espejos, sino de otros ojos. En su sentido estricto: son Otros-ojos.

Recuerdo que hace años, en mis brillantes producciones analíticas, elaboré la cadena siento-sus-ojos-en-la-nuca; del mismo modo, más hacia acá pronuncié me-mira-con-asco, y hace días se remata la triada en me-siento-observada. Se trata, en todos los casos, de construcciones fantasiosas, de emociones puestas en imágenes, en sensaciones vueltas sintagmas, pero no por ello menos reales. La función escópica tuvo, históricamente, una atracción por mi neurosis, retroalimentándose y constituyendo en paralelo las bases estructurales de mi subjetividad. Hay algo en la elaboración de la mirada, no propia, sino ajena, donde me busco, donde intento encontrarme y descifrarme. El peligro, es que son corrientes paralelas: soy en la medida en que me encuentro en otros ojos.

No obstante, cabe recordar que la neurosis, aunque por momentos megalómana, suele tender a la duda, a la incertidumbre. No hay certezas, es esa falta de absolutos lo que hace avanzar la trama (o al trauma). En otras palabras: esos sentidos hallados en esos ojos estan teñidos de injurias, eso que encontré (y encuentro) siempre fue tanático. De uno u otro modo, la unica verdad posible era la disminución, el déficit, la deuda. ¿Cuál era el sentido de sí? Recompensar, rendir tributo, servir, ofrendar. Una existencia deficitaria debe compensar su falta.

Por eso, en la actual primacía de lo imaginario, los otros tampoco lo son. Se transforman en espectadores de una función más o menos preparada para entretener, donde mi cuerpo se transforma en mercancía de consumo: estas cotizada me dijeron hace poco como halago, ¡cómo te explico...! En un exosistema que se rige por las normas del mercado, dejo de ser sujeto para ser un rasgo, un conjunto de características que se exacerban o velan de acuerdo al interés del consumidor, donde el valor se mide por la repetición, por la evocación, por la voracidad. Y como mercancía, vas rotando entre otras. 

Si se trata de transacciones comerciales, de oferta y demanda, podría arriesgarse que lo concreto de su mecanismo le daría un poco de descanso a las ideas rumiantes de una neurosis basada y erigida en la fantasía, en la polisemia de los significantes, en la incertidumbre de los sentidos. Error. Quitarle la pata simbólica a lo imaginario solo lo vuelve concreto, duro, impenetrable, y a la vez evanescente, líquido, volátil. No hay un qué al que atarse. ¿El riesgo? Caer del discurso. ¿Del discurso del otro? Del propio, porque no hay mito, porque mi mito se escribía sobre los sentidos descifrados del otro. 

Lo interesante también a tener en cuenta es que esos otros son otros que, en la mayoría o en el total de las ocasiones, fueron construidos desde lo propio. Esos otros a los que miro y por los que creo ser-mirada estan colmados de sentidos que yo les atribuyo: no creo haberlos conocido, no sé si alguna vez los escuché, no creo haberme animado permitirles conmoverme. Son otros que yo armé, que yo caractericé, a quienes les escribí una historia, un miedo, un dolor, una ambición, una búsqueda, un propósito, son otros fantaseados. 

¿Será una paradoja sentirse no-sujeto para otros que tampoco son sujetos para mi? Tal vez si, porque creo que esos otros nunca fueron otros, nunca fueron pares, nunca fueron iguales. Sirvieron a mi neurosis como Otros desde su mirada: son Otros-ojos. 

jueves, 2 de enero de 2025

Tomar posición

 Como naturalmente ha sido, es, y seguramente será, la madrugada es la mejor amiga de los signos, los indicios, de las ligazones y enroques de sentidos. Igualmente, no quiero hacer un esfuerzo para embellecer mis frases, quiero soltarlas, dejarlas correr libres, porque más allá del dique, la pulsión en sí misma encuentra su sublimación en el acto mismo de dirigirse hacia la lengua. Corrigiendo, quizás, algún error ortográfico, gramático, aunque incluso podría omitirlos, se sabe que podrían encarnar lapsus, pequeños vericuetos donde el inconsciente y lalengua intentan colarse. 

Pero sin caer en espirales analíticos, la euforia me invade, siento como se incrementan las pulsaciones, porque este, entre todos, podría llamarse mi primer y más verdadero amor: la escritura. Aunque ya no se trate de manchas de tintas ni borrones, la cinestesia del encuentro entre la yema de los dedos y las teclas tiene un encanto particular, casi anestésico. Y creo, fervientemente, que parte de la excitación subyacente se relaciona a que, al menos en este espacio, es una de las pocas, sino la primera vez en que no hay una angustia desgarradora, incesante y urgente que me arrastre hacia aquí. 

Se trata, en su lugar, de un momentum. Hay un movimiento, un empuje hacia adelante que no puede pasar desapercibido. ¿Por qué? Porque a medida que el engranaje se pone en funcionamiento me doy cuenta de que estuve en pausa, de que estuve detenida. Fruto, precisamente, de la muerte. No de una muerte de órgano, sino de la muerte sujetiva (subjetiva - sujeta - ¿sujetada?), del punto de detención donde el deseo queda suspendido y solo hay foco en la supervivencia. 

En los últimos días me encontré a mí misma presa de la impaciencia, en una espera desesperada por concluir, por llegar al final del año, como si el calendario no fuera un artificio socialmente convenido. ¿Cuál era la prisa por terminar? O, en su contracara, ¿Cuál era la prisa por iniciar?

No creo tener buen historial en los comienzos, no porque tuviera malos comienzos, sino porque mi modo de atravesarlos siempre estuvo signado por la ansiedad: alerta - huida - lucha. El control casi obsesivo por las variables intervinientes, aunque la mayoría nunca estuvieron bajo mi control, bajo esa sensación casi megalómana de creerse en control, de mostrarse en control, de contener, de retener y detener. Por eso, siempre iniciaba sin haber dormido una sola hora, o habiendo tenido sueños aterradores, dando como resultado un sentimiento constante de insuficiencia, de negligencia, y un temor desatado por ser descubierta: los otros se van a dar cuenta de que no soy tan buena como quiero aparentar serlo. 

¿Y cuál es el resultado de una mezcla entre el autosabotaje y un estándar perfeccionista? Soportar, sostener, bancar coloquialmente hablando. Aunque las circunstancias sean desfavorables, aunque el ambiente fuera hostil, yo estoy ahi, yo tengo que sortear las adversidades, yo tengo que reparar, disimular, maquillar, enmascarar, ligar. Lo atamos con alambre, una frase predilecta de mi padre, darse maña también vale. El mundo occidental en si mismo es un macrocontexto minado de fallas, de huecos, fruto del libre albedrio quizas, de la dictadura de la mercancia, o cual sea el nombre que le quieran poner, y por eso uno tiene que armarse de recursos para sostener el contrato social. Pero si esa es la base, ¿existe la posibilidad de que en algún nivel, en lo particular, se lo pueda deslindar de esa obligatoriedad continua de aguantar?

Creo que es la primera vez que tengo esa impaciencia por iniciar precisamente porque durante toda mi vida no tengo un solo recuerdo en que no haya estado aguantando, en que no haya estado bancando. No se malinterprete, con ésto no quiero decir que siempre presté el hombro para llorar, que me remangué para levantar una pared, ni que haya salido de urgencia a la madrugada para ayudar a cualquiera que necesitara ir de urgencia a un hospital, pocas cosas más alejadas de la realidad. A lo que me refiero es a que, en relación a mis objetos, a los objetos a los que yo les he impreso mi deseo, la única forma de concebirlos era a través de un tributo: yo me ofrezco como tributo, pongo el cuerpo para que el otro se sostenga, pongo las palabras para que el otro hable, pongo las pausas para el otro ponga un sentido. Me transformo en una prótesis, y no porque los otros me lo pidan, sino porque yo me siento llamada a ocupar ese lugar. Y lo pongo en cursiva, yo, porque lo uso como jé, porque no estoy yo ahi, ahi esta mi fatasma ($<>a). 

Me pongo en ese lugar porque quiero serle útil al otro, me transformo en herramienta o artilugio que el otro emplea para lograr un fin, y aunque muchas veces me pelee con el utilitarismo del que se tiñe mi persona, me veo de frente con la repetición: es sintomático. ¿Y por qué sintomático? Porque bajo esa relación utilitaria se esconde lo mercantil: en la medida en que sirvo, le sirvo, tengo valor: soy valiosa. 

Es una idea mercantil muy marxiana si uno se pone a pensar, se liga a la noción de la mercancía de la revolución industrial, donde los objetos cobraban valor por su uso. Pero ya no estamos en ese lugar, porque si de utilidad se trata la tecnología o el comercio se hubiesen quedado en el siglo XX. Estamos en un universo donde lo que prima es, si lo vemos ingenuamente, el valor de cambio. Y, desde una visión más nihilista, donde prima la fetichización del objeto: el estatus, lo imaginario, la apariencia. 

Entonces, ¿la posibilidad de cambio de posición va a estar ligada a convertirme en un objeto fetiche? No precisamente. Porque el fantasma no se cambia, el fantasma es el insconsciente, y a pesar de los rodeos emprendidos, siempre se le saca un poco más de jugo, se tocan nuevos puntos, enriqueciendo la búsqueda, y alimentando al saber. Es fascinante y desgarrador en partes iguales, porque hay más, pero sigue sabiendo a poco. 

Anoticiada de esta nueva arista de mi fantasma solo queda continuar alerta, pero no a las variables incontrolables, sino a los sitios a los que me siento llamada a ocupar, a limitar a los otros pero sobre todo a mí misma, para no quedar entrampada encarnando una mercancía. Encausando una búsqueda incesante por subjetivar mi experiencia, por resistir a la alienación, y delimitar qué batallas quiero librar y ante cuales prefiero un cese al fuego. Como leí en un meme, dejar ir también es dejar llegar.