No es momento de sutilezas, ni de hiatos indefinidos. Tengo un mensaje sin leer, un audio sin oir, lo postergo, ya van más de diez horas. No me animo, no lo enfrento, lo evito, me evado. ¿Me? Si, me. Casi de manera cómica encontré la piedra angular de mis decisiones, de nuevo el modo posesivo, "mis", estoy un poco egosintónica, y egocéntrica también. Todo es yo, lo que atañe al yo, lo que inquieta al yo, lo que perturba al yo: perseguir el hedonismo, soñar con el punto 0, evitar la frustración.
Sin embargo, en una búsqueda incansable, es cuanto más encuentro todo lo que evito. Tal vez porque ese yo del que hablo o que tomo de referencia no es una identidad, sino una entidad. Es una construcción (obvio), pero que se arma en base a impresiones, a reflejos, a metabolizaciones. Se trata de una escultura de piezas masticadas, ensambladas bajo una imago más o menos plástica, más o menos elástica. Pero el reflejo no se topa contra un cristal pulido, no se trata de espejos, sino de otros ojos. En su sentido estricto: son Otros-ojos.
Recuerdo que hace años, en mis brillantes producciones analíticas, elaboré la cadena siento-sus-ojos-en-la-nuca; del mismo modo, más hacia acá pronuncié me-mira-con-asco, y hace días se remata la triada en me-siento-observada. Se trata, en todos los casos, de construcciones fantasiosas, de emociones puestas en imágenes, en sensaciones vueltas sintagmas, pero no por ello menos reales. La función escópica tuvo, históricamente, una atracción por mi neurosis, retroalimentándose y constituyendo en paralelo las bases estructurales de mi subjetividad. Hay algo en la elaboración de la mirada, no propia, sino ajena, donde me busco, donde intento encontrarme y descifrarme. El peligro, es que son corrientes paralelas: soy en la medida en que me encuentro en otros ojos.
No obstante, cabe recordar que la neurosis, aunque por momentos megalómana, suele tender a la duda, a la incertidumbre. No hay certezas, es esa falta de absolutos lo que hace avanzar la trama (o al trauma). En otras palabras: esos sentidos hallados en esos ojos estan teñidos de injurias, eso que encontré (y encuentro) siempre fue tanático. De uno u otro modo, la unica verdad posible era la disminución, el déficit, la deuda. ¿Cuál era el sentido de sí? Recompensar, rendir tributo, servir, ofrendar. Una existencia deficitaria debe compensar su falta.
Por eso, en la actual primacía de lo imaginario, los otros tampoco lo son. Se transforman en espectadores de una función más o menos preparada para entretener, donde mi cuerpo se transforma en mercancía de consumo: estas cotizada me dijeron hace poco como halago, ¡cómo te explico...! En un exosistema que se rige por las normas del mercado, dejo de ser sujeto para ser un rasgo, un conjunto de características que se exacerban o velan de acuerdo al interés del consumidor, donde el valor se mide por la repetición, por la evocación, por la voracidad. Y como mercancía, vas rotando entre otras.
Si se trata de transacciones comerciales, de oferta y demanda, podría arriesgarse que lo concreto de su mecanismo le daría un poco de descanso a las ideas rumiantes de una neurosis basada y erigida en la fantasía, en la polisemia de los significantes, en la incertidumbre de los sentidos. Error. Quitarle la pata simbólica a lo imaginario solo lo vuelve concreto, duro, impenetrable, y a la vez evanescente, líquido, volátil. No hay un qué al que atarse. ¿El riesgo? Caer del discurso. ¿Del discurso del otro? Del propio, porque no hay mito, porque mi mito se escribía sobre los sentidos descifrados del otro.
Lo interesante también a tener en cuenta es que esos otros son otros que, en la mayoría o en el total de las ocasiones, fueron construidos desde lo propio. Esos otros a los que miro y por los que creo ser-mirada estan colmados de sentidos que yo les atribuyo: no creo haberlos conocido, no sé si alguna vez los escuché, no creo haberme animado permitirles conmoverme. Son otros que yo armé, que yo caractericé, a quienes les escribí una historia, un miedo, un dolor, una ambición, una búsqueda, un propósito, son otros fantaseados.
¿Será una paradoja sentirse no-sujeto para otros que tampoco son sujetos para mi? Tal vez si, porque creo que esos otros nunca fueron otros, nunca fueron pares, nunca fueron iguales. Sirvieron a mi neurosis como Otros desde su mirada: son Otros-ojos.
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