viernes, 8 de agosto de 2025

(A)void

 No es momento de sutilezas, ni de hiatos indefinidos. Tengo un mensaje sin leer, un audio sin oir, lo postergo, ya van más de diez horas. No me animo, no lo enfrento, lo evito, me evado. ¿Me? Si, me. Casi de manera cómica encontré la piedra angular de mis decisiones, de nuevo el modo posesivo, "mis", estoy un poco egosintónica, y egocéntrica también. Todo es yo, lo que atañe al yo, lo que inquieta al yo, lo que perturba al yo: perseguir el hedonismo, soñar con el punto 0, evitar la frustración.

Sin embargo, en una búsqueda incansable, es cuanto más encuentro todo lo que evito. Tal vez porque ese yo del que hablo o que tomo de referencia  no es una identidad, sino una entidad. Es una construcción (obvio), pero que se arma en base a impresiones, a reflejos, a metabolizaciones. Se trata de una escultura de piezas masticadas, ensambladas bajo una imago más o menos plástica, más o menos elástica. Pero el reflejo no se topa contra un cristal pulido, no se trata de espejos, sino de otros ojos. En su sentido estricto: son Otros-ojos.

Recuerdo que hace años, en mis brillantes producciones analíticas, elaboré la cadena siento-sus-ojos-en-la-nuca; del mismo modo, más hacia acá pronuncié me-mira-con-asco, y hace días se remata la triada en me-siento-observada. Se trata, en todos los casos, de construcciones fantasiosas, de emociones puestas en imágenes, en sensaciones vueltas sintagmas, pero no por ello menos reales. La función escópica tuvo, históricamente, una atracción por mi neurosis, retroalimentándose y constituyendo en paralelo las bases estructurales de mi subjetividad. Hay algo en la elaboración de la mirada, no propia, sino ajena, donde me busco, donde intento encontrarme y descifrarme. El peligro, es que son corrientes paralelas: soy en la medida en que me encuentro en otros ojos.

No obstante, cabe recordar que la neurosis, aunque por momentos megalómana, suele tender a la duda, a la incertidumbre. No hay certezas, es esa falta de absolutos lo que hace avanzar la trama (o al trauma). En otras palabras: esos sentidos hallados en esos ojos estan teñidos de injurias, eso que encontré (y encuentro) siempre fue tanático. De uno u otro modo, la unica verdad posible era la disminución, el déficit, la deuda. ¿Cuál era el sentido de sí? Recompensar, rendir tributo, servir, ofrendar. Una existencia deficitaria debe compensar su falta.

Por eso, en la actual primacía de lo imaginario, los otros tampoco lo son. Se transforman en espectadores de una función más o menos preparada para entretener, donde mi cuerpo se transforma en mercancía de consumo: estas cotizada me dijeron hace poco como halago, ¡cómo te explico...! En un exosistema que se rige por las normas del mercado, dejo de ser sujeto para ser un rasgo, un conjunto de características que se exacerban o velan de acuerdo al interés del consumidor, donde el valor se mide por la repetición, por la evocación, por la voracidad. Y como mercancía, vas rotando entre otras. 

Si se trata de transacciones comerciales, de oferta y demanda, podría arriesgarse que lo concreto de su mecanismo le daría un poco de descanso a las ideas rumiantes de una neurosis basada y erigida en la fantasía, en la polisemia de los significantes, en la incertidumbre de los sentidos. Error. Quitarle la pata simbólica a lo imaginario solo lo vuelve concreto, duro, impenetrable, y a la vez evanescente, líquido, volátil. No hay un qué al que atarse. ¿El riesgo? Caer del discurso. ¿Del discurso del otro? Del propio, porque no hay mito, porque mi mito se escribía sobre los sentidos descifrados del otro. 

Lo interesante también a tener en cuenta es que esos otros son otros que, en la mayoría o en el total de las ocasiones, fueron construidos desde lo propio. Esos otros a los que miro y por los que creo ser-mirada estan colmados de sentidos que yo les atribuyo: no creo haberlos conocido, no sé si alguna vez los escuché, no creo haberme animado permitirles conmoverme. Son otros que yo armé, que yo caractericé, a quienes les escribí una historia, un miedo, un dolor, una ambición, una búsqueda, un propósito, son otros fantaseados. 

¿Será una paradoja sentirse no-sujeto para otros que tampoco son sujetos para mi? Tal vez si, porque creo que esos otros nunca fueron otros, nunca fueron pares, nunca fueron iguales. Sirvieron a mi neurosis como Otros desde su mirada: son Otros-ojos. 

jueves, 2 de enero de 2025

Tomar posición

 Como naturalmente ha sido, es, y seguramente será, la madrugada es la mejor amiga de los signos, los indicios, de las ligazones y enroques de sentidos. Igualmente, no quiero hacer un esfuerzo para embellecer mis frases, quiero soltarlas, dejarlas correr libres, porque más allá del dique, la pulsión en sí misma encuentra su sublimación en el acto mismo de dirigirse hacia la lengua. Corrigiendo, quizás, algún error ortográfico, gramático, aunque incluso podría omitirlos, se sabe que podrían encarnar lapsus, pequeños vericuetos donde el inconsciente y lalengua intentan colarse. 

Pero sin caer en espirales analíticos, la euforia me invade, siento como se incrementan las pulsaciones, porque este, entre todos, podría llamarse mi primer y más verdadero amor: la escritura. Aunque ya no se trate de manchas de tintas ni borrones, la cinestesia del encuentro entre la yema de los dedos y las teclas tiene un encanto particular, casi anestésico. Y creo, fervientemente, que parte de la excitación subyacente se relaciona a que, al menos en este espacio, es una de las pocas, sino la primera vez en que no hay una angustia desgarradora, incesante y urgente que me arrastre hacia aquí. 

Se trata, en su lugar, de un momentum. Hay un movimiento, un empuje hacia adelante que no puede pasar desapercibido. ¿Por qué? Porque a medida que el engranaje se pone en funcionamiento me doy cuenta de que estuve en pausa, de que estuve detenida. Fruto, precisamente, de la muerte. No de una muerte de órgano, sino de la muerte sujetiva (subjetiva - sujeta - ¿sujetada?), del punto de detención donde el deseo queda suspendido y solo hay foco en la supervivencia. 

En los últimos días me encontré a mí misma presa de la impaciencia, en una espera desesperada por concluir, por llegar al final del año, como si el calendario no fuera un artificio socialmente convenido. ¿Cuál era la prisa por terminar? O, en su contracara, ¿Cuál era la prisa por iniciar?

No creo tener buen historial en los comienzos, no porque tuviera malos comienzos, sino porque mi modo de atravesarlos siempre estuvo signado por la ansiedad: alerta - huida - lucha. El control casi obsesivo por las variables intervinientes, aunque la mayoría nunca estuvieron bajo mi control, bajo esa sensación casi megalómana de creerse en control, de mostrarse en control, de contener, de retener y detener. Por eso, siempre iniciaba sin haber dormido una sola hora, o habiendo tenido sueños aterradores, dando como resultado un sentimiento constante de insuficiencia, de negligencia, y un temor desatado por ser descubierta: los otros se van a dar cuenta de que no soy tan buena como quiero aparentar serlo. 

¿Y cuál es el resultado de una mezcla entre el autosabotaje y un estándar perfeccionista? Soportar, sostener, bancar coloquialmente hablando. Aunque las circunstancias sean desfavorables, aunque el ambiente fuera hostil, yo estoy ahi, yo tengo que sortear las adversidades, yo tengo que reparar, disimular, maquillar, enmascarar, ligar. Lo atamos con alambre, una frase predilecta de mi padre, darse maña también vale. El mundo occidental en si mismo es un macrocontexto minado de fallas, de huecos, fruto del libre albedrio quizas, de la dictadura de la mercancia, o cual sea el nombre que le quieran poner, y por eso uno tiene que armarse de recursos para sostener el contrato social. Pero si esa es la base, ¿existe la posibilidad de que en algún nivel, en lo particular, se lo pueda deslindar de esa obligatoriedad continua de aguantar?

Creo que es la primera vez que tengo esa impaciencia por iniciar precisamente porque durante toda mi vida no tengo un solo recuerdo en que no haya estado aguantando, en que no haya estado bancando. No se malinterprete, con ésto no quiero decir que siempre presté el hombro para llorar, que me remangué para levantar una pared, ni que haya salido de urgencia a la madrugada para ayudar a cualquiera que necesitara ir de urgencia a un hospital, pocas cosas más alejadas de la realidad. A lo que me refiero es a que, en relación a mis objetos, a los objetos a los que yo les he impreso mi deseo, la única forma de concebirlos era a través de un tributo: yo me ofrezco como tributo, pongo el cuerpo para que el otro se sostenga, pongo las palabras para que el otro hable, pongo las pausas para el otro ponga un sentido. Me transformo en una prótesis, y no porque los otros me lo pidan, sino porque yo me siento llamada a ocupar ese lugar. Y lo pongo en cursiva, yo, porque lo uso como jé, porque no estoy yo ahi, ahi esta mi fatasma ($<>a). 

Me pongo en ese lugar porque quiero serle útil al otro, me transformo en herramienta o artilugio que el otro emplea para lograr un fin, y aunque muchas veces me pelee con el utilitarismo del que se tiñe mi persona, me veo de frente con la repetición: es sintomático. ¿Y por qué sintomático? Porque bajo esa relación utilitaria se esconde lo mercantil: en la medida en que sirvo, le sirvo, tengo valor: soy valiosa. 

Es una idea mercantil muy marxiana si uno se pone a pensar, se liga a la noción de la mercancía de la revolución industrial, donde los objetos cobraban valor por su uso. Pero ya no estamos en ese lugar, porque si de utilidad se trata la tecnología o el comercio se hubiesen quedado en el siglo XX. Estamos en un universo donde lo que prima es, si lo vemos ingenuamente, el valor de cambio. Y, desde una visión más nihilista, donde prima la fetichización del objeto: el estatus, lo imaginario, la apariencia. 

Entonces, ¿la posibilidad de cambio de posición va a estar ligada a convertirme en un objeto fetiche? No precisamente. Porque el fantasma no se cambia, el fantasma es el insconsciente, y a pesar de los rodeos emprendidos, siempre se le saca un poco más de jugo, se tocan nuevos puntos, enriqueciendo la búsqueda, y alimentando al saber. Es fascinante y desgarrador en partes iguales, porque hay más, pero sigue sabiendo a poco. 

Anoticiada de esta nueva arista de mi fantasma solo queda continuar alerta, pero no a las variables incontrolables, sino a los sitios a los que me siento llamada a ocupar, a limitar a los otros pero sobre todo a mí misma, para no quedar entrampada encarnando una mercancía. Encausando una búsqueda incesante por subjetivar mi experiencia, por resistir a la alienación, y delimitar qué batallas quiero librar y ante cuales prefiero un cese al fuego. Como leí en un meme, dejar ir también es dejar llegar.

sábado, 30 de diciembre de 2023

Mañana

 Con un hueco en el alma y mucho peso en los hombros, me mueve la letra, en una búsqueda incesante de armar palabras, de tender lazos y forjar puentes, aunque siempre a medias, siempre unilateralmente. 

Es irónico cómo con los papeles en el bolsillo sigo sin habilitarme, sigo corriendo tras la zanahoria, tras lo imposible. Imposible no en su sentido común, como algo aún fuera de lo posible, sino como aquello que se corre de lo imaginable, de lo clasificable, de lo tangible. El imposible de capturar, el imposible de representar, el real imposible. Tal vez sea por eso, por su cualidad de Real que siempre va a quedarse mirandome desde lejos, desde otro plano de existencia, distante, petrificado, idealizado, y desgarrador. Ir a su encuentro me rompe, me desintegra, me hace añicos, y aún  así no puedo detenerme, es persiguiendo lo Real que me encuentro a mí misma, que pruebo mis límites, y por eso los quiebro, y me desbordo, y es en la experiencia sin fronteras donde ya no hay yo, ya no hay unidad, quedan solo partes, vestigios de un ser.

A veces me pierdo, y me aislo, porque siento que de algún modo mi debate esta muy lejos, y los otros intentan arrastrarme a la cercanía. Sin juzgar intenciones, y sin pecar de vanidad, mi visión esta en otro plano, y repercute en el aquí y ahora, pero esto es consecuencia, la causa esta allá, más lejos, fuera de mi alcance, se escapa de mis manos, y aunque arañe y muerda se va, siempre se va, y se aleja de mí. 

Es una soledad aún más angustiante, la soledad de la incomprensión, la soledad de las soluciones, la soledad de los consejos, la soledad de las quejas silenciadas. Esa soledad que se traduce en acting, que se vale de somatizaciones, de insomnios, de sueño pesado, o de exceso de actividad. La soledad lagrimea con una canción, que no puede levantar una mancuerna, o que se olvida de un deber. Es la soledad que tiene que pedir turnos, que revisa agenda, y se apunta un dia en el calendario para hablar, una soledad que no quiere incomodar, ni molestar. 

Es la soledad de quien solo es por sus virtudes, que solo muestra una cara en un intento desesperado, ya ni por un poco de amor, sino por un lugar. Es la soledad que prende velas, que lee horoscopos, que reza y manifiesta, lo que encuentre a su alcance para no hablar de más, para no irrumpir. 

En el culto a la personalidad, estamos aun quienes resistimos y queremos hacer comunidad, quienes vemos en los otros mayores posibilidades y no solo castración. Pero así hemos de quedar, por cuestiones epocales, forzados a velar la soledad desgarradora bajo la individualidad, la independencia, y el empoderamiento. 

domingo, 25 de septiembre de 2022

Regalo

 Desde temprano tengo ganas de escribir, aunque a diferencia de otras ocasiones, esta vez no tengo ninguna frase disparadora o que encierre un concepto que quiera desarrollar. Simplemente tuve la necesidad de escuchar unas canciones, de habitar el recuerdo de una persona con la que ya no hablo, y de sentir nostalgia, como solía hacer, como fue mi costumbre por muchos años. 

De tanto en tanto he sabido cubrirme por los mantos de la melancolía, y disfrutar de un modo mórbido cómo sangraba por las heridas, intentando de alguna forma que las cicatrices y el sufrimiento sirvieran de puntapié para el olvido. Claramente si hay algo de disfrute en ese dolor raramente logre dejarlo atrás, al contrario, en cada episodio de desborde volvía a abrir los cortes para verme sangrar, para usar mi pena como dique, hasta quedar vacía, hasta quedar anémica. 

Hoy no sé si estoy haciendo lo mismo, solo sé que lo nombro y me broto, y me hincho, y ardo, y sufro como ese dia que atentó contra mi dignidad y decidió arrojarme fuera de su cuerpo, fuera de su cama, fuera de sus días. Y ni siquiera me habia dolido tanto entonces, me sorprendió, porque creía que yo iba a ser la que diera punto final, tal vez fue porque se me adelantó. De cualquier modo, me dejó una reacción alérgica de herencia, una marca, una cicatriz, porque aparentemente así de fácil soy de marcar. Así de fácil las personas vienen y me lastiman, y me ultrajan, o soy yo? 

De un modo un poco retorcido se me ocurre que puede que yo haya teñido con mis palabras, con mis ideaciones, con un manto de dolor y sangre algo que no tenía ese calibre. Será acaso que mis intentos casi desesperados de encontrar el amor también se reflejan en una búsqueda incesante de nuevos padecimientos? Suena complejo, pero es bastante simple... hace poco menos de una década que sufro por lo mismo, las mismas dos o tres cosas, la misma persona. Me cansé yo misma de escribirle siempre al mismo ente, de llorar por el mismo desamor, de reiterar los mismos recuerdos, de sangrar por las mismas injurias. La desazón y la decepción son la contracara del amor, y si no hallo el segundo quedo con las manos colmadas de los primeros. En criollo, si no encuentro quien me ame es porque encuentro a quien me decepciona, quien me descarta, quien me deja. Y si mi búsqueda de amor se basa en que quiero pasar página sobre ese dolor anterior, es lícito decir que las nuevas decepciones también aportan a dejar el sufrimiento anterior?

Un día le dije a mi psicóloga estoy harta de sufrir por lo mismo, una frase que puede pasar desapercibida para el oído no entrenado. Yo no dije que estuviera harta de sufrir a secas, sino de sufrir por lo mismo  Mi hartazgo era sobre la mismidad, sobre la repetición, sobre lo viejo, lo reiterado, lo que contra toda lógica volvía, y sobre lo que ya no tenía más palabras para elaborar, no tenía más lágrimas que derramar, porque ya no tenía sentido llorar ni sangrar, porque ya era vetusto, un fósil. No estaba buscando un nuevo amor, ni dicha, ni complicidad, ni compañerismo, estaba buscando un nuevo motivo para sufrir

Y entonces, no es eso lo que acabo de encontrar en estas canciones? En estos recuerdos del único mes que compartimos? En los chistes que prematuramente compartimos? Y aunque casi no me conocías, porque es cierto que nunca bajé la guardia en tu presencia, te reías de mis ocurrencias y disfrutabas de mi acidez, y te asustabas con mi mal carácter. Algo si es cierto, no me diste la épica romántica que buscaba, pero me regalaste libertad, la libertad de un  nuevo dolor que me permitió soltar, que me permitió virar hacia otros sitios. Y soy una fiel creyente de que me merezco un nuevo amor, pero también me merezco nuevos dolores. 

jueves, 14 de julio de 2022

Morfeo

Junté todas mis cosas y subí, con un golpeteo incesante en el pecho, que me estremece, que me hace temblar. Subí las escaleras corriendo, presa de unas ansias casi desbordadas, con los ojos inyectados de presión, nublados, y con la respiración entrecortada caí rendida sobre la silla. Intento controlar el sollozo que se ahoga entre mis labios apretados, encerrado entre un par de mejillas temblorosas. Trago saliva con fuerza y ruido, e inhalo profundamente, para aclarar mis pensamientos, para bajar las pulsaciones, para recomponer un poco el dominio sobre esta anatomía dura, pero rota. Despedazada. 

Y no pasó nada. No hubo palabras. No hubo cuerpo. No hubo voz. No hubo perfume. No hubo piel. Ni siquiera una percepción clara. Sólo una imago borrosa en un fragmento de un viaje onírico. De nuevo, como hace meses no sucedía. La mente me juega bromas injuriosas, me flagela, me quiebra, como si el espacio de vigilia no estuviera ya repleto de inquietud y desidia. Como si no hiciera un esfuerzo en cada amanecer para encontrarle sentidos al devenir, y lo pongo así, en plural, porque ningún significante merece que le otorgue prioridad, o tal vez si, pero  no quiero hacerlo, aprendí con los años y los golpes a temerle a los absolutos. Me dejo llevar por el relativismo, es menos doloroso, aunque mucho más gris, y mucho más aburrido. La tibieza me exaspera, me desespera, creo que hasta desde una perspectiva enfermiza como la que me acobijó por muchos de mis años es más atractivo el dolor. Y no hablo de satisfacción, de hedonia, porque no es un lugar real, es una estación, es un peaje, es un oasis, limitado y evanescente. 

Ahora me recorre un frío de pies a cabeza, siento que hasta el pelo tiene más frizz, y así es como una defensa es eficaz. Intelectualización a la orden! Mi compañera, mi amiga, mi amante, mi jueza y mi verduga. Soy todas. Por eso sueño las cosas que sueño. Por eso en un momento donde ningún vinculo había, volviste a mí, volvió tu cara, volvió tu pelo, volvió tu olor, pero de lejos, no pude sentirte, no pude tocarte. Porque estabas ahí, pero yo no quería verte, yo no quería encontrarte, no quiería mirarte a los ojos ni estar cerca tuyo, porque pasan estas cosas que ahora padezco, me desarmo, me rompo. Y aunque me juegue estas trampas a mí misma por motivos que desconozco, puedo recuperar eso, que no cedí, que no accedí. Pero verte cabizbajo, dolido, pidiendo redención, no me hizo sentir mejor. Desperté. Inquieta, sudorosa, y lastimada porque por unos minutos creí que iba a reencotrarte, porque no hubiera querido abrir los ojos

Qué maravillosa la lengua! Benditos somos por la facultad del lenguaje! La verdad que acabo de soltar, hace meses que no digo nada cargado de tanta verdad como la pólvora que acaba de explotar en mis manos en esas 5 palabras: no hubiera querido abrir los ojos. No importa cuantas veces lo diga, y lo tenga presente, no importa qué tan presente tenga el hecho inexorable de que te amo y te amaré lo que me reste de vida, me siguen sorprendiendo las consecuencias que sigo pagando por ser una victima de tu indiferencia. No doy crédito de cuánto dolor todavía subyace en mi haber, como el magma de un volcán que de tanto en tanto entra en erupción, una y otra y otra vez, como amenaza permanente. Y ya no sé siquiera si se trata de querer retomar, porque así como soy plenamente responsable del amor perpetuo que cargo, también soy plenamente consciente de que no quiero intentar más, que no tengo más sangre que derramar en tu nombre, que no tengo más carne para que apuñales, no tengo más piel para tajear. 

De esa manera concluyo que lo que me sigue doliendo, no solo de tu parte, sino de todos los que te siguen y los que seguirán llegando, es la facilidad con la que me quedo sin nombre. La sencillez con que me sacaste del plano, lo fácil que fue descartarme como una piedra del zapato. No entiendo cómo valgo tan poco para no dejarte ni una mísera marca, y creo que ni siquiera esperaba que lloraras, ni una gran epopeya sobre tu partida, solo esperaba una palabra, un significante que cierre el sentido de esta tortura sin causa, infame, desbordada. Pasé de ser LA a no ser nadie, o peor aún, a SER NADA. Y cuando digo que prefiero el dolor lo sostengo con la sangre, y con el cuerpo, porque cuando era el objeto de daño, al menos todavía era, no alguien, pero al menos ALGO. Cuando era la engañada, la maltratada, la cornuda, al menos era una referencia sobre la que se establecían tus actos. Abrir los ojos significó ver mi propia insignificancia, mi nulidad, me sacaste de la farsa que me habías inventado y que tan cómoda me quedaba. Eso duele, ser nada, haber desaparecido. Que mi nombre, mi cuerpo, mi sangre, hayan sido tan fáciles de limpiar de tu biografía. 

Tal vez por eso te soñé, porque de nuevo fui descartada, porque sigo sin sentir que tenga un nombre, sigo siendo un espectro borroso, porque aunque me reconozca en el espejo, nadie me nombra, no soy Natasha, soy una. Sigo siendo parte de una serie de artículos descartables, olvidables, sin identidad, sin nombre. Y ahora recuerdo cómo tus compañeros de trabajo se referían a mí como NataliaNatalia, NN. Reitero: benditos somos por la facultad del lenguaje!

miércoles, 8 de junio de 2022

Navajas

 Hace tiempo que no me pongo en contacto con mis emociones, o al menos no desde una pausa, desde un parate, hace tiempo que no me obligo a revisar en mi interior qué es lo que esta pasando, qué es lo que esta golpeteando insistentemente. Y, aunque ello no implique que mis acciones pasen desapercibidas, sin juicio previo, si es cierto que me volví bastante mecánica. Trato de enfocarme en la pragmática, sin enroscarme, sin darle manija, sin tirarle nafta al fuego, pero a veces las palabras duelen y cercenan, y te dejan en el suelo de todos modos. Aunque sea una pavada, aunque sepa de antemano que se trata de injurias, aunque reconozca que esos significantes no tienen que ver conmigo, ni con mi esencia, ni con mi posición, hieren porque las personas de quienes parten son significativas. 

No quiero ponerme en posición de víctima, porque es lo más fácil, lo que menos responsabilidad implica, es el lugar que no se pregunta, que no busca, que no explora, que no actúa, solo recibe, dolor, vulneración. No quiero, aunque tal vez lo desee, tal vez desee en el fondo ser una hoja en blanco sobre los que otros escriben lo que les place, un pedazo de arcilla sobre la que otros moldean, marcan, cortan, haciendo realidad sus fantasías a costa de mi propia integridad. Y mientras lo escribo, de algún modo tiene sentido! Aunque no tenga nada de novedoso, mi terapeuta lo debe tener anotado varias veces en mi historial, mi única amiga casi colega ya me lo dijo varias veces, por qué tenés que dejar de ser quien sos y hacer lo que querés porque a los otros les molesta? Cambian los sujetos pero vos haces siempre lo mismo, te encorsetas, te estrangulas para gustarles, para agradarles, para que te quieran, y vos qué querés? 

Ahí esta mi fantasma. LA pasajera del colectivo, LA conductora del auto, LA estudiante de psicología, LA alumna del gimnasio, LA vendedora de mostrador, LA hija, LA amiga, LA hermana, LA nieta, LA puta de turno, LA novia, LA chonga, son posiciones absolutas, letra del Otro, son ideales que a pesar de mis esfuerzos, sigo intentando encarnar, sigo intentando encajar sin importar cuánto de mi tenga que amputar, cuánta humanidad pueda perder en el camino. Lo veo, lo digo, lo declaro, pero sigo poniéndome en esos aprietos que lo único que hacen es lograr que me esconda, que me anule, y que mis puntos débiles sean vistos como pecados mortales, imperdonables, porque un ideal no falla, no erra, no flaquea, porque no es humano, porque no es de carne. Ese es el momento en que las palabras se tornan navajas que me apuñalan, me cortan, escarban en cada nervio que cruzan, mientras intento seguir en pie quedándome sin capacidad de hablar, porque es ese el objetivo, dejarme muda, porque la palabra, a diferencia de la letra, es del sujeto, y el sujeto esta barrado, no es completo como la letra del Otro. 

Paso de lo concreto a lo abstracto, y de lo abstracto a la teoría, por eso tal vez me cuesta incorporarlo, o hacerlo más operatorio. Porque el concepto lo tengo, el fantasma lo identifico, la cabra al monte tira, y mi monte desborda de leyes, reglas y letras, de imágenes, de postales congeladas, pero carece de alma. Pero no puedo cortar la soga que me lleva, arrastrándome, hacia la despersonalización, hacia el molde, hacia la nulidad, el silencio. Y aunque a veces crea que es una bendición haber desarrollado una facilidad por la interpretación, en momentos como este corre por mi mente la fantasía de lanzar una puteada, un grito, de darle un puñetazo a una pared que me reviente los nudillos, porque al menos en la marca hay sangre, y no hay nada más vivo y menos ideal que un cuerpo roto. 

domingo, 27 de marzo de 2022

Caldeamiento

No creo estar tomando las mejores decisiones en el último tiempo, creo en algún punto que es por haber invertido tantos años en acciones a futuro, y al modo en que todo de un momento a otro se derrumbó, que me llevaron a priorizar el presente. Me estuve enfocando en las acciones sin ver las consecuencias, o viéndolas como inofensivas. No creo haberme detenido a pensar en las palabras que pronuncio, al menos no de un modo reflexivo-introspectivo, sino solo desde la planificación, o desde la correcta sintaxis, como si los sentidos que se encubren solo sirvieran al efecto que intento generar en el otro y no desde los lazos fantasmáticos que me colocan en la enunciación. Pero, también aproximo, que eso es producto de una historia encorsetada, bañada en represiones y caracterizada por la estrangulación de mi yo. 

Entonces lo que obtengo cuando establezco una pausa, como la que estoy atravesando en este momento, es un recorrido polarizado, que va de un extremo al otro, que vacila entre el ostracismo y la voluptuosidad, sin atender a medias tintas, sin encontrar un gris, entre el todo y la nada, aunque es curioso que si se atiende a una satisfacción plena que no deje resto lo que queda también es una nada, un cero que no significa, que no simboliza, solo es acción por reacción. Y escribiendo esto recuerdo que Lacan habló en uno de sus seminarios de nada, la nada y una nada, y de nuevo pienso en mi polaridad con lo que más amo que es mi carrera, en cómo por momentos la suelto y la dejo, y me pesa y me duele, y es lo único para lo que soy buena y eso me rompe un poco porque a la vez siento que me ahoga, no tanto por lo que es para mí sino por lo que los otros conciben cuando la nombro. Los otros, siempre inmiscuidos en mis asuntos, siempre presentes en mis pensamientos, siempre irrumpiendo, mirando, invadiendo, juzgando, pero no desde fuera, sino desde mi interior. Bendigo y maldigo a mi memoria, a los hilos hiperconectados de mi psiquis, que traen y llevan continuamente los epítetos casuales, sin atención y sin cuidado que la gente pronuncia mientras mascan un chicle, exhalan el humo de un cigarrillo o entre eructos, y que en mí se marcan, se escriben a punta de navaja y arden  y queman a cada momento. 

Y, ahora que lo escribo, yo estoy haciendo lo mismo, aunque no sin cuidado, al menos no sin cuidarme a mí. Estoy jugando al fogoneo, al caldeamiento, como una apuesta al azar, como intentando irrumpir, sin romper, sino de manera disruptiva, queriendo cambiar el tono o la orientación de la conversación, el tono de la interacción. Y aunque no me parecía muy histérico de mi parte, al redactarlo noto que sí lo es: antes era por virilidad, por castrar al otro, por no dejarme barrar, y ahora es por agujerear, aunque ya no con hostilidad, sino con una invitación a mirar la falta e intentar abordarla, pero un agujero con otro nombre u otra función sigue siendo un agujero, y sigo postulándome como candidata a llenarlo, con palabras, con acciones o de la manera más arcaica, con el cuerpo. Me cubro con un velo de objeto sacrificial, me ofrezco como respuesta, aunque entre mis manos soy la que plantea la incógnita, la que intenta sostener el enigma, no porque sea una mente maestra, sino porque después de años me di cuenta que es lo que me sostiene a mí en el encuentro, y lamentablemente ya no hay otros que intenten velar el deseo. 

Últimamente todo se trata de desvelos y descaros, de arrebatos sin sentido (desde la concepción saussureana), de acciones sin marca, coherentes a una lógica de consumo. Y de nuevo, la teoría, la intelectualización, la defensa, y la responsabilidad, cae sobre mis hombros la misión de no dejarme atrapar por el silencio, por la falta de signos y seguir escribiendo, y seguir enunciando, y seguir significando, historizando, para no dejarme cubrir por el mutismo de objeto.