Junté todas mis cosas y subí, con un golpeteo incesante en el pecho, que me estremece, que me hace temblar. Subí las escaleras corriendo, presa de unas ansias casi desbordadas, con los ojos inyectados de presión, nublados, y con la respiración entrecortada caí rendida sobre la silla. Intento controlar el sollozo que se ahoga entre mis labios apretados, encerrado entre un par de mejillas temblorosas. Trago saliva con fuerza y ruido, e inhalo profundamente, para aclarar mis pensamientos, para bajar las pulsaciones, para recomponer un poco el dominio sobre esta anatomía dura, pero rota. Despedazada.
Y no pasó nada. No hubo palabras. No hubo cuerpo. No hubo voz. No hubo perfume. No hubo piel. Ni siquiera una percepción clara. Sólo una imago borrosa en un fragmento de un viaje onírico. De nuevo, como hace meses no sucedía. La mente me juega bromas injuriosas, me flagela, me quiebra, como si el espacio de vigilia no estuviera ya repleto de inquietud y desidia. Como si no hiciera un esfuerzo en cada amanecer para encontrarle sentidos al devenir, y lo pongo así, en plural, porque ningún significante merece que le otorgue prioridad, o tal vez si, pero no quiero hacerlo, aprendí con los años y los golpes a temerle a los absolutos. Me dejo llevar por el relativismo, es menos doloroso, aunque mucho más gris, y mucho más aburrido. La tibieza me exaspera, me desespera, creo que hasta desde una perspectiva enfermiza como la que me acobijó por muchos de mis años es más atractivo el dolor. Y no hablo de satisfacción, de hedonia, porque no es un lugar real, es una estación, es un peaje, es un oasis, limitado y evanescente.
Ahora me recorre un frío de pies a cabeza, siento que hasta el pelo tiene más frizz, y así es como una defensa es eficaz. Intelectualización a la orden! Mi compañera, mi amiga, mi amante, mi jueza y mi verduga. Soy todas. Por eso sueño las cosas que sueño. Por eso en un momento donde ningún vinculo había, volviste a mí, volvió tu cara, volvió tu pelo, volvió tu olor, pero de lejos, no pude sentirte, no pude tocarte. Porque estabas ahí, pero yo no quería verte, yo no quería encontrarte, no quiería mirarte a los ojos ni estar cerca tuyo, porque pasan estas cosas que ahora padezco, me desarmo, me rompo. Y aunque me juegue estas trampas a mí misma por motivos que desconozco, puedo recuperar eso, que no cedí, que no accedí. Pero verte cabizbajo, dolido, pidiendo redención, no me hizo sentir mejor. Desperté. Inquieta, sudorosa, y lastimada porque por unos minutos creí que iba a reencotrarte, porque no hubiera querido abrir los ojos.
Qué maravillosa la lengua! Benditos somos por la facultad del lenguaje! La verdad que acabo de soltar, hace meses que no digo nada cargado de tanta verdad como la pólvora que acaba de explotar en mis manos en esas 5 palabras: no hubiera querido abrir los ojos. No importa cuantas veces lo diga, y lo tenga presente, no importa qué tan presente tenga el hecho inexorable de que te amo y te amaré lo que me reste de vida, me siguen sorprendiendo las consecuencias que sigo pagando por ser una victima de tu indiferencia. No doy crédito de cuánto dolor todavía subyace en mi haber, como el magma de un volcán que de tanto en tanto entra en erupción, una y otra y otra vez, como amenaza permanente. Y ya no sé siquiera si se trata de querer retomar, porque así como soy plenamente responsable del amor perpetuo que cargo, también soy plenamente consciente de que no quiero intentar más, que no tengo más sangre que derramar en tu nombre, que no tengo más carne para que apuñales, no tengo más piel para tajear.
De esa manera concluyo que lo que me sigue doliendo, no solo de tu parte, sino de todos los que te siguen y los que seguirán llegando, es la facilidad con la que me quedo sin nombre. La sencillez con que me sacaste del plano, lo fácil que fue descartarme como una piedra del zapato. No entiendo cómo valgo tan poco para no dejarte ni una mísera marca, y creo que ni siquiera esperaba que lloraras, ni una gran epopeya sobre tu partida, solo esperaba una palabra, un significante que cierre el sentido de esta tortura sin causa, infame, desbordada. Pasé de ser LA a no ser nadie, o peor aún, a SER NADA. Y cuando digo que prefiero el dolor lo sostengo con la sangre, y con el cuerpo, porque cuando era el objeto de daño, al menos todavía era, no alguien, pero al menos ALGO. Cuando era la engañada, la maltratada, la cornuda, al menos era una referencia sobre la que se establecían tus actos. Abrir los ojos significó ver mi propia insignificancia, mi nulidad, me sacaste de la farsa que me habías inventado y que tan cómoda me quedaba. Eso duele, ser nada, haber desaparecido. Que mi nombre, mi cuerpo, mi sangre, hayan sido tan fáciles de limpiar de tu biografía.
Tal vez por eso te soñé, porque de nuevo fui descartada, porque sigo sin sentir que tenga un nombre, sigo siendo un espectro borroso, porque aunque me reconozca en el espejo, nadie me nombra, no soy Natasha, soy una. Sigo siendo parte de una serie de artículos descartables, olvidables, sin identidad, sin nombre. Y ahora recuerdo cómo tus compañeros de trabajo se referían a mí como NataliaNatalia, NN. Reitero: benditos somos por la facultad del lenguaje!
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