jueves, 2 de enero de 2025

Tomar posición

 Como naturalmente ha sido, es, y seguramente será, la madrugada es la mejor amiga de los signos, los indicios, de las ligazones y enroques de sentidos. Igualmente, no quiero hacer un esfuerzo para embellecer mis frases, quiero soltarlas, dejarlas correr libres, porque más allá del dique, la pulsión en sí misma encuentra su sublimación en el acto mismo de dirigirse hacia la lengua. Corrigiendo, quizás, algún error ortográfico, gramático, aunque incluso podría omitirlos, se sabe que podrían encarnar lapsus, pequeños vericuetos donde el inconsciente y lalengua intentan colarse. 

Pero sin caer en espirales analíticos, la euforia me invade, siento como se incrementan las pulsaciones, porque este, entre todos, podría llamarse mi primer y más verdadero amor: la escritura. Aunque ya no se trate de manchas de tintas ni borrones, la cinestesia del encuentro entre la yema de los dedos y las teclas tiene un encanto particular, casi anestésico. Y creo, fervientemente, que parte de la excitación subyacente se relaciona a que, al menos en este espacio, es una de las pocas, sino la primera vez en que no hay una angustia desgarradora, incesante y urgente que me arrastre hacia aquí. 

Se trata, en su lugar, de un momentum. Hay un movimiento, un empuje hacia adelante que no puede pasar desapercibido. ¿Por qué? Porque a medida que el engranaje se pone en funcionamiento me doy cuenta de que estuve en pausa, de que estuve detenida. Fruto, precisamente, de la muerte. No de una muerte de órgano, sino de la muerte sujetiva (subjetiva - sujeta - ¿sujetada?), del punto de detención donde el deseo queda suspendido y solo hay foco en la supervivencia. 

En los últimos días me encontré a mí misma presa de la impaciencia, en una espera desesperada por concluir, por llegar al final del año, como si el calendario no fuera un artificio socialmente convenido. ¿Cuál era la prisa por terminar? O, en su contracara, ¿Cuál era la prisa por iniciar?

No creo tener buen historial en los comienzos, no porque tuviera malos comienzos, sino porque mi modo de atravesarlos siempre estuvo signado por la ansiedad: alerta - huida - lucha. El control casi obsesivo por las variables intervinientes, aunque la mayoría nunca estuvieron bajo mi control, bajo esa sensación casi megalómana de creerse en control, de mostrarse en control, de contener, de retener y detener. Por eso, siempre iniciaba sin haber dormido una sola hora, o habiendo tenido sueños aterradores, dando como resultado un sentimiento constante de insuficiencia, de negligencia, y un temor desatado por ser descubierta: los otros se van a dar cuenta de que no soy tan buena como quiero aparentar serlo. 

¿Y cuál es el resultado de una mezcla entre el autosabotaje y un estándar perfeccionista? Soportar, sostener, bancar coloquialmente hablando. Aunque las circunstancias sean desfavorables, aunque el ambiente fuera hostil, yo estoy ahi, yo tengo que sortear las adversidades, yo tengo que reparar, disimular, maquillar, enmascarar, ligar. Lo atamos con alambre, una frase predilecta de mi padre, darse maña también vale. El mundo occidental en si mismo es un macrocontexto minado de fallas, de huecos, fruto del libre albedrio quizas, de la dictadura de la mercancia, o cual sea el nombre que le quieran poner, y por eso uno tiene que armarse de recursos para sostener el contrato social. Pero si esa es la base, ¿existe la posibilidad de que en algún nivel, en lo particular, se lo pueda deslindar de esa obligatoriedad continua de aguantar?

Creo que es la primera vez que tengo esa impaciencia por iniciar precisamente porque durante toda mi vida no tengo un solo recuerdo en que no haya estado aguantando, en que no haya estado bancando. No se malinterprete, con ésto no quiero decir que siempre presté el hombro para llorar, que me remangué para levantar una pared, ni que haya salido de urgencia a la madrugada para ayudar a cualquiera que necesitara ir de urgencia a un hospital, pocas cosas más alejadas de la realidad. A lo que me refiero es a que, en relación a mis objetos, a los objetos a los que yo les he impreso mi deseo, la única forma de concebirlos era a través de un tributo: yo me ofrezco como tributo, pongo el cuerpo para que el otro se sostenga, pongo las palabras para que el otro hable, pongo las pausas para el otro ponga un sentido. Me transformo en una prótesis, y no porque los otros me lo pidan, sino porque yo me siento llamada a ocupar ese lugar. Y lo pongo en cursiva, yo, porque lo uso como jé, porque no estoy yo ahi, ahi esta mi fatasma ($<>a). 

Me pongo en ese lugar porque quiero serle útil al otro, me transformo en herramienta o artilugio que el otro emplea para lograr un fin, y aunque muchas veces me pelee con el utilitarismo del que se tiñe mi persona, me veo de frente con la repetición: es sintomático. ¿Y por qué sintomático? Porque bajo esa relación utilitaria se esconde lo mercantil: en la medida en que sirvo, le sirvo, tengo valor: soy valiosa. 

Es una idea mercantil muy marxiana si uno se pone a pensar, se liga a la noción de la mercancía de la revolución industrial, donde los objetos cobraban valor por su uso. Pero ya no estamos en ese lugar, porque si de utilidad se trata la tecnología o el comercio se hubiesen quedado en el siglo XX. Estamos en un universo donde lo que prima es, si lo vemos ingenuamente, el valor de cambio. Y, desde una visión más nihilista, donde prima la fetichización del objeto: el estatus, lo imaginario, la apariencia. 

Entonces, ¿la posibilidad de cambio de posición va a estar ligada a convertirme en un objeto fetiche? No precisamente. Porque el fantasma no se cambia, el fantasma es el insconsciente, y a pesar de los rodeos emprendidos, siempre se le saca un poco más de jugo, se tocan nuevos puntos, enriqueciendo la búsqueda, y alimentando al saber. Es fascinante y desgarrador en partes iguales, porque hay más, pero sigue sabiendo a poco. 

Anoticiada de esta nueva arista de mi fantasma solo queda continuar alerta, pero no a las variables incontrolables, sino a los sitios a los que me siento llamada a ocupar, a limitar a los otros pero sobre todo a mí misma, para no quedar entrampada encarnando una mercancía. Encausando una búsqueda incesante por subjetivar mi experiencia, por resistir a la alienación, y delimitar qué batallas quiero librar y ante cuales prefiero un cese al fuego. Como leí en un meme, dejar ir también es dejar llegar.