Tengo la mente laburando a mil por hora, invadida por imágenes y escenarios ficticios, planes, expectativas. Manifiesto, anhelo, proyecto, deseo, pero de un modo u otro una liga me arrastra hacia atras, como si estuviese atada por un elástico, o una correa, que me lleva de un lado a otro, y cuanto más afuera me asomo, más doloroso es el arrastre hacia atras. Y pareciera que siento culpa, o resquemor, como si yo fuese la que falló, como si fuera yo quien abandonó, quien tiró la toalla y se fue sin dejar palabra alguna que permita cerrar las puertas, que me permitiera abrochar este dolor y asegurarme de concluirlo.
Mientras lo escribo creo que llegué a descifrar o quitar el velo del misterio, creo que esa era precisamente la intención, dejar siempre una rendija abierta a la posibilidad de volver, porque él también tiene su correa elástica, se ata los pies al puente como haciendo bungee jumping, se lanza al vacío pero contando conmigo como pilar, como lugar seguro. Porque él nunca dudó de mí, nunca sintió inseguridad, siempre estuvo muy consciente de mi lealtad y del amor que le tenía, de que mi fidelidad era genuina y sólida. Por eso tiene el privilegio de jugar con mi mente, de darle las vueltas que le quiera a sus relatos, de decir las palabras justas para encantarme y, como hechizo, volver a guiarme hacia su lado, entre sus piernas, cuidando su sueño, bendiciendo con cada beso su espalda y su frente. Sabia que con solo sentir de cerca los latidos de su corazón y notar cómo se le erizaba el vello del pecho me calmaba, me sentía importante, extrañada, querida. Que cuando me rodeaba con un brazo la cintura y me empujaba hacia su aliento me corría un escalofrío por la espina, se me nublaba la vista, y me sentía embriagada de gusto sintiendo su perfume. Una lastima es que él se ató a mi por las razones equivocadas u opuestas a las mías.
Parte de mí se aisla y se castiga cuando pienso en que no puede vivir de recuerdos, y me creo hereje por querer ofrecerle mis brazos y mi piel a otros, como una traición, como una traición. De cierto modo, le juré mi amor eterno, no de manera adolescente y pueril, como si fuera un pacto de sangre porque tenía la certeza de que lo podía sostener, que el fuego que me habita el pecho cuando pronuncio su nombre no se consumiría. Y en parte es cierto aún hoy, porque las cicatrices no se borran, y son testigos silenciosos. Y tal vez sea por eso que de tanto en tanto lanzo estas palabras al cyber espacio, con la esperanza infantil de llegar a ser para él una fracción, muy pequeña, de lo que él es para mí. Es la ideación que me mantiene con un poco de autoestima, y no se trata de que vuelva o de que se arrepienta de haberme soltado, sino de que le duela un poco mi ausencia, que no pueda volver a sentir mi perfume sin que se le erice la piel. La esperanza de no haber sido anónima, de no haber sangrado tanto en vano.
Esta no es una declaración de dolor. Es una despedida. No puedo seguir atada a un fantasma ni a un concepto, porque, a fin de cuentas, ya no eras eso que extraño, ya no eras en quien yo confiaba, ya no podía ser yo misma en tu presencia. Había vuelto a tener ese comportamiento conflictivo que me llevó a pensamientos oscuros, me llevó de nuevo a cuestionar mi propia esencia, y estranguló mi verdadero yo. Me quedará por siempre la duda de saber cuál era tu verdadero ser, si era el compañero y cómplice que puso el hombro y el cuerpo en mis momentos vulnerables, o si eras ese otro ser calculador y maquiavelico que analizaba cada movimiento y gesto para enredarme en mentiras y traiciones. Y el hecho de haber invertido años en algo que nunca supe si tenía o no sustancia es lo que me hace desistir, romper el contrato. Te dejo ir, no a la persona, sino al recuerdo, a la imagen, a la idealización.
Y me tiro yo, atada también, pero no a tu fantasma, sino a mí misma. Extrañaba esta sensación de entusiasmo, de misterio y de incertidumbre. Extrañaba maravillarme con lo nuevo y sentir curiosidad, querer indagar, bucear, y plantar jugadas. Poniendolo así, sonamos parecidos, la diferencia es que yo no pondría en juego la integridad de otro para mi propio beneficio. Me gusta volver a sonreir por recordar una palabra, un gesto, por sorprenderme en un roce de pieles, por encontrar una mirada que se desvía nerviosa de la mía. Extrañaba tener la cabeza ocupada con un nombre, contando los días para otro encuentro.
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