Siento que el azar me esquiva, rehuye, hace rodeos, manteniendome en un laberinto de espejos donde todos los caminos llevan a mi único reflejo, solitario, inmóvil, desorientado. Intento dar pasos hacia adelante, ya no por la presión social o del entorno, sino porque me cansé de mi cascarón. Con el pasar de los días siento que el espacio me queda chico, aunque no sé si eso sea algo precisamente bueno. Puede ser también otro arrebato de histeria, puede que sea mi vocación de centro de mesa la que esté pujando por imponerse, y de nuevo, y desde otro lugar, posicionarme como incandescente, inhumana. No hay manera de saberlo, o tal vez sí, pero no sé si quiero llegar a esa verdad...
De un modo u otro, mostrar la barrera no fue tan gratificante como los libros dijeron. Y si bien podrían arribar a la conclusión de que nunca la mostré como tal, para el ojo clínico (u obsesivo) era bastante obvio que no estaba en mi plenitud. Mostrar fallas no significa solo frustración, al menos no en mi caso: para mí mostrar la falla es, precisamente, no mostrarme entera. Es morderme la lengua ante un comentario provocador, es no hacer alarde de mi intelecto, es no contradecir al otro cuando pronuncia una burrada, y es, también y sobre todo, no hacer uso indiscriminado de lo que provoco en los otros a mi favor. Para mí, mostrar la barra es conservar el encuadre, es atender a mi posición de paciente, es conservar al otro en lugar de sujeto supuesto saber. Mostrar la barra para mi es no indagar en su yo, en su historia, ni en sus vínculos, es no ubicar su discurso. En otras palabras, mostrar la barra en mí implica abstraerme de mi necesidad fantaseada de agujerear. Pero, aparentemente, eso no es suficiente, o en realidad, esa no será una verdadera barra, precisamente porque no es cuestión de no poder o no llegar, sino de deliberadamente no accionar. Sigo estando, al menos en lo que a mís acciones respectan, en control de la situación. Sigo portando el falo, solo que sin mostrarlo, sin alardear, sin ostentar, pero en mis gestos, en mi postura, en mi la cadencia al hablar, algo debe de rastrearse, algún halo de virilidad que es completamente involuntario, inadvertido para mí, meramente inconsciente, que forma parte de ese agujero indescifrable e indecible que, inmaterial como es, se impone sin que nadie lo pronuncie, pero con una sustancialidad que barra, que me barra, porque me impide mostrar mi vacío, me impide enlazarme con el otro.
Y hasta ahí llegó mi autocompasión. Porque, si me pongo quisquillosa, y me paro desde mi fantasía de completud, podría decir que no sólo debería de mirarme a mí. Que no tiene sentido seguir hurgando, rascando las heridas para que sangren, porque en el vaivén de mi devenir me sigo encontrando con gente igual o más viril que yo. La diferencia es que yo pago fortunas para que eso afecte lo menos posible a los demás, y me siento sola, e impotente en la mayoria de las situaciones, porque no veo que esa sea una reacción común. Siento que me enfoco tanto en ser algo que no llego a ser, en ponerme en un lugar en que no me siento cómoda, y si, es obvio que el lugar de la histeria no es el mejor, pero tener que estrangularme para ficcionizar un encuentro que no es tal me parece de una bajeza, de una poquedad, que me repugna. En un punto creo que hasta senti pena por mí misma, y me lamenté sobre mi mala suerte, sobre lo mala que era mi vida... QUÉ! Esas conclusiones son las que evité durante todos mis años en este plano, la autocompasión, la compadecencia eterna, la victimización. No soy víctima, no quiero serlo, no siento que sea un papel digno de mí. Me niego a concebirme como un agente pasivo de las circunstancias, del azar, no me simpatizan los conceptos de designio, ni de destino, no me gustan los absolutos prescriptivos. Y con ello no quiero decir que estoy en control total, claramente que no, de ser asi no me chocaría de bruses contra la frustración, pero no sucede porque "algo más grande que yo lo dispuso así", el único agente que me corre, que me desata, que me silencia, es el otro, es un semejante, es otro como yo en el espejo, tropezando, andando, intentando a cada paso conservar la ilusión del entero en el espejo.
No sé si llego a una conclusión o no con todo este palabrerío, supongo que tampoco era mi objetivo. Últimamente, y con esto me refiero a hace 2 o 3 meses, siento que mi fijación oral esta siendo poco erogenizada: ya no fumo, ya no tomo, ya no puedo ni siquiera comer a mi antojo, y ahora se le suma que ya no puedo hablar. Porque mis otros hablantes decidieron dejarme, o desatarme, o quitarme la investidura de sujeto de palabra. Porque para algunos pasé a ser un objeto, un objeto depositario de sus palabras, o un objeto de mirada, pero no un sujeto de palabra. Porque cuando se cuelan las palabras, cuando aparece mi yo, un yo con un falo escondido, un yo bañado en virilidad, solo hay un camino posible: quebrarlo, romperlo, fisurarlo.
Y así, todo vuelve a empezar, la rueda sigue girando, mis palabras se siguen ahogando, y me choco de nuevo con mi reflejo en el espejo: entero, pero en soledad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario