sábado, 31 de marzo de 2018

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"Puedo escribir los versos mas tristes esta noche".. o no!
Tengo esa necesidad imperiosa de lanzar palabras al aire, de dejarlas nacer, aunque claramente no puedo escribir todo lo que pienso, el torbellino lingüístico que me atraviesa en este instante y en todos los segundos previos a que me colocara en esta posición. En cuanto salí de mi letargo, me puse una remera y elegí una canción que diera el marco o caracterizara el ambiente que estructuraran esta composición.
Sin ánimos de grandeza, me rendí ante la sublimación pura, el derroche de fonemas. Atrás quedaron los intentos de prosa, de poética, en este momento no son prioritarios porque no hay nada que edulcorar. No es que antes fuera el objetivo, no estaba en un plano que me permitiera decidir sobre el cómo, que delimitara mis expresiones de forma tal que ante los ojos o las oídas tomara cuerpo de un modo particular. Brotaba, emergía desde las profundidades así, como un todo articulado. Es que, claramente, las instancias que no controlo hacían ese trabajo fino por mi, le agregaban todos esos pequeños detalles, los eufemismos, las imágenes figuradas. Así, con más o menos dolor, el sufrimiento era un poco mas hermoso.
Sangrar en el apogeo de belleza, en la cresta de la solemnidad (siempre intima, siempre personal y subjetiva, raramente acreditada por los otros) me brindaba una suerte de recompensa. Una marca, no en el cuerpo propio, sino a modo de medalla, de listón, de insignia que me condecoraba. Yo había atravesado estos caminos, conocido estos terrenos. Funestos, execrables, paupérrimos, ignominiosos, y aun así andaba. Híbrido entre contrarios, humillación y orgullo, pero es que de eso se trata el binario, solo existen a partir del otro. Esa dualidad es la que me acompaño y en ese medio, en ese valle que se deprime entre ellos es que nazco, vivo y respiro día tras día.
Uso mucho el pronombre "yo". Yo impulso, Yo movimiento, Yo emoción, Yo pensamiento, Yo sentimiento, Yo memoria, Yo palabra, Yo cuerpo. No solamente soy, sino que Yo Soy. Un ente compuesto, impulsos, movimientos, emociones, pensamientos, sentimientos, memoria, palabra, cuerpo. Yo soy todas y cada una de mis partes. Y esto que suena lo más básico e imbécil que pueda haberse pronunciado en la historia, es tan elemental que quien no los considere, quien no cuente con ellos pareciera no ser humano. Ese fue mi caso. Un cuarto de siglo sin ser un yo. Piezas desparramadas en una morbosidad, porque esa era mi elaboración del reflejo, una mobosidad. No podia anticipar con qué me iba a enconrar, en que objeto iba a reconocer uno de todos esos elementos, ni siquiera todos. No hay completo, pero tampoco había incompleto. Para ello debe suponerse una totalidad a la que le falte. Pero en mi casi, eran solo pedazos, retazos de sujeto.
Yo Soy todo, el orgullo y la humillación, las altas y las bajas. Me toco hacerme cargo de toda esa parte orscura que siempre me habitó, que, por mucho que me rehusara a admitir, cohesionaba o les daba un poco de coherencia a mis componentes. Me abracé, me llore y me sostuve, acarreandome de los pelos hacia adelante, hasta lograr entender que hay ciertos sitios a los que no se puede volver y otros que solo fueron espejismos.

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