Siento que tengo tanto por decir pero no me salen las palabras. Vienen a mi como una correntada, como un caudal aparentemente incontenible que de repente se anula, se calma o se congela. Como si la fuerza de diez tormentas se aplacara por obra de una plegaria, de un guiño, de una seña. Como si la furia, la ira y la destrucción se redujeran a cero con una disculpa.
Culpo un poco a la compostura, al cambio de posición. A las horas de introspección, de exploración e indagación. De los días y semanas invertidas en encierros, en las miradas al techo interminables, a los silencios de sepelio. A las preguntas sin respuesta, a los acertijos y conclusiones sinsentido. A las caminatas en círculo, a los espirales y a la desorientación. A la pérdida de norte, al vacío de presente y la poco entrañable ausencia de futuro.
No es que esté liquidado, no! Nunca podra cantarse victoria, no con esta duda incesante, flagelante, que me congela la sangre y quiebra mis huesos. No. Pero siento ese resto que no termina de salir.
Me adelanto, tal vez, al hipotético dolor, no quiero mas sorpresas. No quiero retomar la posicion de defensa, solo quiero andar. Divagar. Sin intentar adivinar, predecir, adelantar. Me agotó. Me agote.
Y aunque busque nuevos rostros, o al menos el mío reflejado en el espejo. Aunque me reconozca mas o menos, no lo puedo acallar. Hay algo que espera, que grita, que quiere salir. Solo le falta una excusa para volver a enfermar.
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