viernes, 25 de enero de 2019

Suspiro

Ni siquiera tengo en claro por qué le puse ese titulo, fue la primera palabra que vino a mi mente. Pero si indago, si comienzo a tender hilos conductores que me acerquen a algún tipo de interpretación o relación representacional, puedo decir "unidad de medida". La durabilidad de los momentos medidas en suspiros, en bocanadas o exhalaciones de aire, me parecen dotados de una belleza que se pierde ante aquellos que no tengan los recursos simbólicos o el interés necesario para admirar las construcciones literatas que invaden la vida cotidiana. Porque estando en un crucero, en la cima de una montaña, atravesando el mar, o en un colectivo sin aire acondicionado atravesando el conurbano bonaerense, las palabras, las metáforas, nos atraviesan, y le dan una capa de purpurina a la realidad. Si, a la realidad, al constructo, al artificio, a lo subjetivo.
Ahora, por ejemplo, no siento el dedo pulgar de la mano izquierda. Yo sé que no tengo ninguna patología o incapacidad que le dé fundamento. Y es ese cosquilleo el que me trae a escribir. Porque, aunque no logre descifrar el motivo, puedo arriesgarme a creer que hay algo del orden de la palabra que me obtura el tacto en esa zona. No estoy segura de que en estos casos pueda aplicarse una lógica del tipo causa-efecto, pero me basta con emplear la correlación, o al menos me brinda la excusa justa para ponerme frente a la pantalla y despedir letra tras letra.
Hace un tiempo siento que estoy en una suerte de túnel, en un término medio, en una latitud lindera, y si bien desde que tengo memoria estoy a la espera del futuro o de lo que vendrá, ahora me siento más cerca que antes. Lo próximo no se siente tan lejano, y esta bien utilizada la palabra, "sentir", porque obedece más a un orden de la sensación, de lo sensible del cuerpo en términos de tacto que de una visión o visualización. Porque de frente todo sigue nublado, fuera de foco, pero hay algo distinto en lo químico, en lo corporal, que me lleva a una expectativa ansiosa, una forma de experimentar el día tras día que dista mucho de la angustia desprendida de lo desconocido que me invadía hasta hace un tiempo.
Esto no quita el hecho de que haya patrones alrededor que se repitan, que haya lagrimas que se derramen, que se me cierre la garganta y que la indignación o cinismo me encuentren en algunos pasajes. Pero obedecen a la dinámica propia de lo social, al encuentro de las subjetividades, de las concepciones distintas del mundo que chocan, como olas que llegan a tierra firme. Por ahora, me sorprendo, no salen de ahí. De una dimensión de lo inmediato y lo momentáneo que no cala hondo, que no hiere, no lacera, sino que puede representarse con el impacto de la lluvia en la piel, cambia la temperatura de la superficie, despierta una serie de acciones que componen un esquema de reacción adecuada, pero que una vez que nos coloquemos bajo un techo y sequemos con un paño seco, deja de ser un problema como tal.
Poniendo el punto y aparte del párrafo anterior acabo de darme cuenta de la metáfora que empleo, de la situación que atravieso. Estoy hablando de pieles, de sensaciones al tacto, y no siento parte de la mano izquierda. Es gracioso y curioso porque a este punto no puedo discriminar qué le dió origen a qué, si el entumecimiento de mi mano es epifenómeno de una corriente representacional que se vuelca en estas lineas, o es la causa del despliegue de palabras que estoy encausando. De un modo u otro, a diferencia de otros momentos de mi vida, no me quiero detener a hacer genealogías, y ese es precisamente el punto al que quería llegar con todo este relato coherente o incoherente.
Arribé a un momento (la palabra clave) en que no quiero detenerme si eso significa seguir mirando atrás. No quiero convertir mi vida, mi paso por la mortalidad, en la constante construcción de la genealogía de mis actos, de los actos, de sus actos. Porque ni siquiera se trata de historizar, ni de brindar sentidos nuevos, era una constante revisión de cadenas que llevaran a un punto arbitrario y descontextualizado colocado como origen. No puedo prestarme a ese juego. No es mi lugar, no es mi tarea. Cada paso hacia atrás es una oportunidad desperdiciada de ir hacia adelante, valga la redundancia, pero si se invierten casi 5 lustros en eso, lo que se desperdicia es una vida entera. Por eso ya no me tomo licencias para indagar, ni para interrogar sobre cuestiones momentáneas. No todo tiene un sentido oculto, poético o enigmático. La mayoría del tiempo corremos, tropezamos y caemos sin que eso signifique nada más que el acto de dar un paso en falso. Y creo fervientemente que todos tenemos derecho a trastabillar, a no encajar, a discentir, y por eso no intento descifrarte, no intento dialogar, no quiero interpelarte. Los sentidos que le adjudique en ese momento me los guardo para mi, suspiro y continuo, porque detenerse por nimiedades es lo que nos vuelve enfermos.

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