jueves, 7 de junio de 2018

De salida

En el lugar más icónico o más representativo, vine, subí, y a cada peldaño me parecía que tenia mayor coherencia, cobrara más sentido. Antes de tomar el picaporte, mientras aun andaba, mire hacia atrás y aprecie el pasillo, las bocas de escalera, todo blanco y silencioso. Solo estaba yo ahí, viviendo ese recorte, esa fracción de segundo, en completa soledad. Y por un segundo fue como si esa fuera la escena que recorta la trayectoria, que simboliza el trayecto. Yo, entre una multitud, entre cientos de voces, pero andando sola. Aniquilada en el silencio, encerrada en el concreto, mientras tímidos rayos de sol se cuelan entre los vidrios y acarician mi espalda, soy única testigo de la compulsa, de la reiteración de la mismidad.
Horas, días y años, sucediendo, pero es en este día en particular en que se me presenta como problemático,. en que subo los escalones esperando encontrarme de nuevo acá, con las letras, para darle lugar a las palabras, a las frases que se me caen de las manos, que brotan inconteniblemente como catarata, a borbotones. Me desperté desesperanzada, como si algo mio estuviera perdido, pero sin esperanza de reencontrarlo. No era resignación, sino irritación, impaciencia, frustración, una hostilidad que me atravesaba y ante el que no podía, no quería y ni siquiera se me ocurrió escapar. 
Lo tomé como algo dado, como una condición o un determinante, pero no me quedaban fuerzas para enmascararlo. Se me ocurrió últimamente que esos espacios me pertenecen, que puedo habitarlos, pero al cabo de unas horas me pesan los brazos, me duelen las piernas, y solo puedo mirar alrededor extrañada, desorientada. Me encuentro sin un otro, sin un alguien, sin un par con quien intercambiar, sin una tarea que realizar, pero sin posibilidad tampoco de abdicar, de salir. 
En un limbo espacial, geográfico, en espera siempre, en una pausa, en intermedio, en trayecto. Y no sé por qué hoy no puedo tolerarlo, no sé por qué hoy me pesa atravesarlo, no sé por qué hoy me resulta trabajoso hasta ignorarlo. Escribo porque es lo único que me sale más o menos bien, porque el sonido de yemas contra teclas es lo único que contrarresta la ausencia de voces, contrarresta el nudo que me obtura la garganta. Es la huella que dejo, para nadie, para mi, para acceder cada vez que esto ocurra, para no olvidarme de las letras, para no dejar de lado las palabras. Y al mismo tiempo, recordarme que falta menos, que queda poco, que en este corredor estoy de salida.















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